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Año: 2006

Viernes Santo, un año atrás

Hace un año escribía yo — aquel yo — una carta a alguien, en Viernes Santo, y esto fue lo que salió, que no es lo que saldría si lo escribiera hoy: Es viernes santo y, aunque no creo en nada, recuerdo aquel espacio de mi niñez en que el ambiente trastocado de la fe me hacía creer que este día realmente era especial. Era el único día del año en que las emisoras de radio silenciaban la cacofonía de merengues para poner música de muertos, como le decíamos entonces a los clásicos. Ese día no se trabajaba, ni siquiera para barrer el polvo fino que se asentaba en la madera oscura de las mecedoras. Ese día comíamos habichuelas con dulce y galletitas de leche. Ese día nos portábamos bien y guardábamos luto.  Se decía que si en ese día se arrancaba de raíz una planta que se llama “Cardo de Cristo” saldría sangre de sus raíces y tallo espinoso. La sangre de Cristo. Ese día la misma tierra estaba viva y tenía uno que cuidarse de no pisar muy duro para que no le doliera al ser sagrado que la habitaba. Aquello parece otra vida que tuve hace siglos, aunque no hace tanto. Y es tal vez en esa vida donde se encuentran también mis raíces narrativas. Una parte de mi todavía ve el mundo como un gran ser vivo que está lleno de misterios. La otra parte, tallada por más de una década de experiencia periodística, es completamente…

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El cristianismo no es lo que parece

Los noticieros del mundo amplificaron hoy el anuncio de la traducción del Evangelio de Judas, un documento antiguo que estuvo en manos de coleccionistas. La causa de alarma es que este escrito apócrifo —que no debería significar “falso” sino “secreto”— presenta una versión distinta del drama cristiano: una en la que Judas no es traidor, sino tal vez el discípulo más comprometido — porque desempeña un papel crucial y acordado para que se cumpla lo que se tiene que cumplir en la inmolación del Mesías. Esto no es nada nuevo. Hace décadas que existe una nutrida colección de evangelios apócrifos que se descubrieron en Nag Hammadi y presentaron al movimiento cristiano primitivo a través de los evangelios secretos de Tomás, Juan, e incluso María Magdalena. Se sabía que el de Judas existía. Ese era el gnosticismo de la era formativa del cristianismo, un misticismo de diversas visiones que en última instancia enfatizaba el derecho del ser humano a experimentar la verdad divina en sí mismo. En el campo del ensayo existe un libro mayormente desconocido, del escritor dominicano Juan Bosch, que me pareció brillante en su tiempo. Se titula «Judas Iscariote, el calumniado», donde Bosch presenta una trama alternativa del discípulo que las iglesias aprendieron a odiar. Allí decía Bosch que “el amor une, pero no fanatiza; lo que fanatiza es el odio”. Asunto para reflexionar. ¿Y qué tal la interpretación literaria (y visionaria) que ofrecía el novelista Nikos Kazantzakis en su obra «La última tentación de Cristo», que se…

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Los lugares que fuimos.

A veces me pareceque vivo en Brooklyny que el tren jota pasará muy cerca de la ventana. O que me apresuropor la calle empedrada de mi viejo barrio santiaguero, camino al colegio, porque se me hace tarde para la clase de dibujo. O que el estacionamiento subterráneoguarda un espacio para mi vehículo, que llega chorreando los caños de la última lluvia. Todavía veo aquellos pasajeros que iban y venían todas las mañanas por el parque de los chachases, o los niños que comían huevos salcochados en la frontera con Haití. Viajo por la carretera oscura entre Albany y Nueva York. Los lugares que nos afectan viven en nosotros, aunque nosotros no estemos en ellos. Y no tengo másque estacionarmeunos minutos frente al último edificio en que vivimos, a preguntarme si todavía hay una plaga de cucarachasen el segundo piso, o si el amistoso vecino deja revistas viejas frente a mi puerta –si no es que murió. Nosotros, los migrantes, andamos esparcidos por el mundo. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.

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La novela y el escritor.

Gabriel García Márquez repetía una vez el enunciado de que escribir un cuento es vaciar en concreto y escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir ficción es, desde ese punto de vista, trabajo de construcción. Es una metáfora interesante, especialmente para aquellos de nosotros que nos hemos visto embarrados de cemento entre las ruinas de alguna novela en construcción. La novela no es nada fácil. Aún cuando existe el talento para hilar oraciones y parir imágenes (ya de por sí un reto), nadie escribe un tratado de cientos de páginas en un rapto de inspiración– como sucede con una poesía, o a veces con un cuento. El novelista es arquitecto, ingeniero, albañil y jardinero de su proyecto. Tiene que dominar lo conceptual y lo práctico para que cuando se entregue en alas de la inspiración se dé una narrativa coherente, de principio a fin. Esto lo digo después de numerosos intentos fallidos: Escribir una novela que se diga novela es algo serio. En esa misma complejidad late el potencial del género, y su atracción. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.

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El espíritu de gozo en una bolera

No sabía qué esperar de los luteranos. Conocía muy poco de ellos, a pesar de que son la rama del cristianismo que se desprendió de una de las rebeliones más importantes de la historia occidental. Hablo de la Reforma que originó el teólogo Martín Lutero a partir del siglo dieciséis, cuando criticó las práctica de vender indulgencias a cambio de la salvación y cuestionó otros principios de fe dentro del catolicismo todopoderoso de la época. Es a Lutero a quien debemos todas las tradiciones protestantes que se separaron del catolicismo y es a Lutero a quien debemos la disponibilidad en idiomas de uso común del conjunto de textos que se conoce como la Biblia — base de numerosas interpretaciones, así como también (nos guste o no) de la moralidad de todas las naciones de América, muchas de Europa y otras alrededor del mundo. A Lutero, en fin, le debemos el resurgimiento del cristianismo como un movimiento mayor que el catolicismo. El luteranismo es, pues, la versión evolucionada de la fe que Lutero vislumbró cuando inició su separación de la tradición eclesiástica a la que él mismo perteneció. Pero nunca imaginé el luteranismo de esta manera, más cercano al talk show televísivo que al púlpito tradicional. Asistí hoy a la Iglesia Luterana Espíritu de Gozo (“Spirit of Joy Lutheran Church”) al este de Orlando, escogiéndola al azar para iniciar –según anticipé en una nota reciente— esta exploración del deseo de pertenecer que nos atrae desde tiempos inmemoriales a los templos. Lo…

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