Si Julio Verne escribiera hoy, daría su vuelta al mundo en cuestión de horas. Leer su «Vuelta al mundo en ochenta días» –en su tiempo una novela de acción– es comprobar desde nuestro siglo veintiuno cuán rápida es la vida de hoy. Nos hemos acelerado al punto de que estas letras viajan de hemisferio a hemisferio en cuestión de segundos. Como decía de paso uno de los personajes de la novela: “La Tierra ha empequeñecido”. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.
7 comentariosAño: 2007
En aquel entonces, me lo prestó un amigo, que lo recibió de regalo de un familiar. Era un librito pequeño que, por fortuna, tenía dibujos. Empecé por la primera página sin mucho interés en seguir adelante, pero pronto la sencillez del lenguaje y la voz amistosa del narrador me capturaron. El relato inicial de un niño, que hacía unos dibujos que los adultos no entendían, me llegó muy cerca. Después de todo, yo tal vez tenía siete u ocho años. Estaba leyendo mi primer libro de ficción. “Le Petit Prince”, el libro de Antoine de Saint-Exupéry conocido en español como “El Principito”, sería algo así como mi primer beso en términos literarios. Lo devoré con fascinación y sin entender muy bien el concepto de ficción. Me parece que creía que, aunque los adultos le llamaran a esto “ficción”, que para mi era lo mismo que decir “mentira”, había un entendimiento entre el narrador y yo de que aquello era verdad. Me tocaron algunas líneas como aquella de que lo esencial es invisible a los ojos. Me encantó la explicación de que lo que hace que una rosa, una mascota, o una relación, sea especial es el empeño que uno mismo pone en cuidarla. Pero, sobre todo, me sentí hermanado con el tema más amplio del libro: Era una crítica a los adultos y sus asuntos de importancia — ese tipo de cosas como el empleo, la cuenta de banco y las apariencias — que al fin y al cabo nos…
6 comentariosPodía sentarme en cualquier parte de la sinagoga, a pesar de estar allí solamente como invitado, pero escogí un amplio balcón que se encontraba vacío. Desde allí vería todo, como si estuviera fuera de ello. Era mi primera visita a una sinagoga y no sabía qué esperar. Escogí una de las que pertenecen al judaísmo de reforma que es la denominación más grande de judíos estadounidenses. A medida que aprendí algunos detalles de esta denominación detecté también la influencia del pensamiento occidental en esta tradición, tal y como sucede con varias denominaciones protestantes que lograron su auge en Estados Unidos. Los judíos de reforma son unos tipos liberales. Conceden libertad de pensamiento a sus miembros, de manera que aunque en la sinagoga existe la autoridad del rabino, en la mente de cada cual se determina cómo llevar las observaciones de la tradición en sus vidas y cómo entender el Torah –el equivalente de la instrucción o enseñanza que se encuentra en los libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio de la llamada “Ley de Moisés” o Pentauteco. Estos judíos han ido más allá que los católicos y muchos protestantes en adaptar sus creencias a los tiempos, a pesar de partir ellos de una parte de las Escrituras que muchos de sus primos cristianos considerarían anticuada. Vienen del tiempo de aquel Dios vengativo del desierto. El movimiento de reforma, por ejemplo, admite la igualdad de los sexos en vez de reservar el rabinado para los hombres. Estos judíos aceptan las…
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