Hace varios años fui a una conferencia de escritores en Manhattan, cargado de dudas sobre mi derecho a participar. Es que no acepto del todo el título de escritor, aunque escriba todos los días y sean las letras las que paguen mis cuentas. Mucha de esta inseguridad surge de una suposición mía. Creo que escribir es un asunto opcional y que puedo, si así lo decido, dedicarme a vender frutas en alguna esquina y nunca más plasmar una idea. Pero siempre termino haciéndolo. Me escondía bajo un alero, esperando a que se disipara la lluvia y que abrieran la puerta de aquella especie de castillo medieval que era la escuela adonde nos reuniríamos. En eso llegó otro. Lo reconocí como el tipo-escritor: traía jeans negros, chaqueta de cuero sobre una camiseta, el pelo sin peinar y esa especie de grandeza ensayada. Se presentó como un escritor y me preguntó si esperaba para la conferencia. Entonces me miró: yo venía de la oficina, con el uniforme de pantalones caqui, camisa azul celeste y corbata de un día de entrevistas y reuniones. Parecía un contador, un trabajador de recursos humanos, un vendedor de zapatos; cualquier oficinista alejado del mundo de las letras. –¿Eres escritor? — me preguntó. Yo noté la ciudad, su movimiento perpetuo y la lluvia: ese palpitar que podría describirse de tantas maneras en un texto. No quise comprometerme con una respuesta. –Más o menos — contesté. –¿Más o menos? El gran portón de madera se abrió y una mujer…
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