Hay asuntos que quedan incompletos en la vida, y que crean agujeros a través de los que podemos ver. Yo, por ejemplo, nunca seré beisbolista de grandes ligas. Tampoco me haré diestro en la guitarra clásica. Mucho menos podré escribir una sinfonía. Podría dar ejemplos menos dramáticos, pero no lo haré. El caso es que el abanico de posibilidades que traemos al mundo –de por sí condicionado por la herencia– se va cerrando: y con él perdemos algunos sueños. Esto es parte de crecer. Mas lo que se pierde en ilusión se puede ganar en determinación. Hay una, dos o quizás hasta tres cosas que podemos hacer, antes de que sea demasiado tarde. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.
11 comentariosAño: 2008
Uno de los mayores logros de la literatura es que nos pone en el pellejo de otros. Nos hace vivir de manera virtual –esta palabrita que hace años está de moda, aunque su aplicación existe desde los orígenes de la narrativa moderna– la experiencia común de otro ser humano: sea hombre, mujer, loco, idealista, héroe, villano, apasionado, ambicioso, sufrido, mártir, cobarde o redentor. Este es uno de los ángulos más interesantes de la narrativa, particularmente del cuento y de la novela que son primo-hermanos. Se puede descubrir a través de su experiencia aquello que tal vez nunca contemplamos, quedando nosotros, en el mejor de los casos, con una comprensión más elástica del mundo. Esta, me parece a mi, es una experiencia que, aunque no sea vivencia, vale la pena. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.
4 comentariosTodos crecemos con mensajes subliminales en la vida; ese tipo de lemas que se incrustan en algún lugar de la mente de manera inadvertida y se convierten en guías para los momentos difíciles. Son ideas que moldean la personalidad a fuerza de tanto repetirse y terminan por condicionar lo que somos. Cuando era apenas niño un familiar pegó una hoja a la puerta de su cuarto. Leí ese papel cientos, sino miles, de veces. Era como si, entonces, hubiera estado escrito para mi. Lo leí cuando no tenía nada que hacer. Lo leí cuando buscaba algún motivo para actuar. Lo leí cuando buscaba alguna razón para fracasar. Y aquellas palabras anónimas me trataron siempre con la misma severidad. No me daban espacio para excusas. No me dejaban contemplar alguna salida fácil. Me confirmaban, como había yo leído por ahí en alguna cita de Emerson, que estamos hechos para la lucha y no para el descanso. Me decía que no me rindiera. Por eso en ocasiones, cuando las cosas salen mal como a veces pasa, escucho esa voz que me indica que en la vida no hay otro camino sino seguir adelante. Y me habla así: No te rindas. Cuando las cosas vayan mal como a veces pasa; cuando el camino parezca cuesta arriba; cuando tus recursos mengüen y tus deudas suban, y al querer sonreír tal vez suspiras; cuando tus preocupaciones te tengan agobiado; descansa si te urge, pero no te rindas. La vida es rara con sus vueltas y…
16 comentariosEsta noche no puedo dormir. He caído en el mundo que habité como bebé, como niño y como adolescente, sin ninguna otra defensa ni preparación que el asombro. Buscaba una referencia geográfica y encontré un mapa: una imagen de satélite que me mostraba una calle conocida. Entonces me pregunté: ¿y si busco uno de esos lugares que me dieron el ser? ¿lo encontraré? No me costó mucho espiar minutos después sobre la vertiente del Río Yaque, mirando desde algún satélite anónimo las aguas donde alguna vez hice chapuzón y anduve cerca del ahogo. Miraba a Santiago de los Caballeros, mi ciudad natal, desde muy arriba – y de repente descubría que me hacía falta. Miré desde la órbita del mundo hacia esa avenida que tantas veces recorrí sobre el transporte público y que más de una vez caminé sosteniendo alguna cruz o alguna vela en cualquiera de tantas procesiones de semana santa: y por ella llegué después de todos estos años hasta mi barrio, Los Quemados. Pude descender hasta las cinco o seis calles donde transcurrió mi niñez y ver allí el nuevo techo –ya de concreto y no de hojalata– de la casa de esquina que alguna vez habité. ¿Cómo podría yo adivinar que la tecnología estaría hoy de parte de la nostalgia? Vi mi barrio, mi escuela, mi campo de béisbol, mi calle, mi casa… No vi mis amigos, pero vi aquel rincón donde iba algunas tardes a contemplar el horizonte y a mirar el sol que se…
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