El 26 de abril de 1986 no es una fecha muy conocida en la historia, pero debería serlo. Ese día la planta nuclear eléctrica de Chernóbil se fue a pique, explotando e incendiándose para liberar desde sus entrañas los desechos radiactivos que carcomerían parte del territorio de la Unión Soviética de entonces, y en particular las repúblicas satélites de Belarús (o Bielorrusia) y Ucrania. Decir esto es hablar en los términos lineales de la información; cosas que no significan mucho para quienes no palparon el desastre y sus consecuencias. No es lo mismo leer datos de lo que empezó como una avería técnica y terminó borrando más de cuatrocientos aldeas bielorrusas que enterarse en detalle de la muerte de un bombero que se desintegraba poco a poco frente a su joven mujer, hasta que: “Todo él era una llaga sanguinolenta”. Tampoco es igual a adentrarse en la memoria de un cazador empleado por las autoridades de entonces para ir a matar a tiros a los perros y a los gatos, o a los caballos, todas esas mascotas amistosas que se volverían radiactivas después que sus amos las dejaron al ser evacuados de la zona. “En los últimos instantes ves que tiene una mirada que entiende, unos ojos casi humanos”, dice uno de los cazadores. Los mismos humanos de Chernóbil que lograron huir se convirtieron en unos apestados, sus vísceras concentraciones de radiación y sus conciencias traumatizadas por el efecto de un nuevo tipo de guerra – del ser humano puesto…
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