Sentarse en el tren con demasiados pensamientos en la cabeza y ceder, palabra por palabra, a las imágenes tan simples que parecen ciertas de una poesía. Allá a lo lejos espera la muerte al final de un túnel. O eso dicen.
Preceden la existencia del lector, y, más allá, la del poeta.
Estoy leyendo en inglés, una traducción de Herter Norton, pero luego encuentro esta versión en español, muy diferente a la re-traducción literal que a mí se me ocurría.
Otra vez huele el bosque,
se ciernen las alondras, elevándose
con el cielo, que estaba pesado en nuestros hombros;
cierto es que se veía por las ramas el día
qué vacío que estaba;
pero tras de lluviosas tardes largas
vienen las horas nuevas,
soleadas de oro,
huyendo de las cuales, en fachadas lejanas,
todas las desgarradas
ventanas temerosas agitan sus batientes.
A veces me parece que grandes lianas se enredan en los rieles y tan pronto el tren detiene su andar se meten por las compuertas y las ventanas y nos abrazan, hasta que mi propia sangre se vuelve clorofila. Para cuando llego a Penn Station, en el centro de Manhattan, estoy inmerso en estos bosques que el poeta evocaba.
Luego se hace la calma. Hasta la lluvia
cae más queda en el brillo de la piedra, que en paz
se ensombrece. Los ruidos enteros se agazapan
en los fúlgidos brotes de las yemas.
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Imagen “Bosque encantado”, cortesía de Carlos Escribano; reproducida bajo licencia de Creative Commons. Imagen original en: https://flic.kr/p/nPSy9G |
Sí, Argénida, yo andaba con esta traducción de su obra desde hace muchos años. Me dejo guiar por mis intereses (y necesidades) del momento en la lectura, y así la disfruto más.
Rilke… una lectura pendiente. Bonita manera de decir lo que sientes leyendo ese poema o los poemas de Rilke.