Me llegaron hace poco unas preguntas por uno de estos medios en que nos podemos encontrar, pero esta persona no me dejó manera de responder: preguntas enviadas, cuenta desactivada, comunicación rota, voces ocultas tras una pared digital. Me dio qué pensar sobre tantas veces que en la vida dejamos conversaciones inconclusas. Decidí responder por este medio, aunque la respuesta no llegue a ninguna parte ni cumpla algún objetivo. Quizás no será esta una entrevista que se reproduzca; tal vez sea el simple producto de una asignación escolar que nunca se entregó. Es posible que nunca lleguen estas palabras a quien las incitó. Tal vez no importan tanto las preguntas (que transcribo tal como son) ni las respuestas más allá del intento de comunicación. Si tuvieras la oportunidad de ser el protagonista de una de tus historias, cual seria? Ninguno de ellos, porque los personajes de mis historias se encuentran casi siempre en situaciones ambiguas, donde puede haber algo de felicidad pero siempre mezclada con las complejidades del ser o no ser y la lucha entre la aversión y el deseo. Hasta un punto soy todos mis personajes. Los escribo para dejar de ser ellos. Tambien me gustaria saber cual es el escritor que mas admira? No es evasiva, pero no tengo un escritor o una escritora que pueda poner sobre un estante y admirar. Hay libros que admiro, y esos los he nombrado antes por ahí, pero la lista se expande y contrae como los latidos: “Cien años de soledad”…
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Si te asomas a una ventana te encuentras ante una apertura mayor que la del espejo, aquella otra imagen recurrente en la literatura desde que Narciso se enamoró de su reflejo en la superficie del agua y enloqueció. Un espejo te devuelve una ilusión, pero una ventana se abre hacia otro mundo. Es el truco: las ventanas son buenas para mirar hacia afuera y hacia adentro. Siempre que te asomas a una crees que miras, pero no te das cuenta de que también eres mirado. ‘Ventanas’ de Glenda Galán Es un promisorio concepto este que se propone en el libro “Ventanas: Entrevistas de Glenda Galán a escritores latinoamericanos”. La entrevistadora nos mira y nosotros la miramos. Más allá del marco están los espacios que habitamos, los vacíos que encierran y lo que se insinúa en las sombras. Es este libro de Galán un deleite de voyeurismo literario donde podemos asomarnos al alféizar de cada autor –ya sea en Miami, Nueva York, Paris o Santo Domingo — y ver mucho o ver poco, adivinar o suponer, quizás entender algo nuevo, pero sobretodo quedarnos picados de curiosidad por lo que escriben. En este libro se encuentran voces e ideas multiformes, a veces complementarias y otras divergentes, de creadores que sufren y gozan la común obsesión de escribir en una imaginaria urbe latinoamericana. El libro, complementado por las interpretaciones que son los retratos pintados de Jennie Santos, nos presenta rostros conocidos y por conocer desde el punto de vista de una dominicana en…
4 comentariosLeer es recrear lo escrito, sobre todo cuando se trata del lenguaje íntimo y muchas veces oscuro de la poesía. Por eso cuando uno lee y atribuye significados vale preguntarse si leyó lo que quiso decir la voz interna detrás de esas oraciones, o si leyó lo que uno quiso leer. Esto aún más cuando uno conoce a la persona que los escribió y esa lectura está marcada por la amistad. Hace años que trato con Argénida Romero, aunque no creo que hayamos pisado el mismo pedazo de tierra a la vez. De alguna manera nos encontramos por esos senderos comunes de las letras y los medios y nos hicimos amigos, como se puede ser amigos a través de largas distancias. Por eso creo ver algunos motivos tras sus versos, por lo que sé de ella y de sus intereses. Pero con la publicación de su poemario “Arraiga”, obra con la que se le declaró ganadora del Premio Joven de Poesía de la Feria Internacional del Libro de 2013 en Santo Domingo, República Dominicana, intenté leerla — más bien, releerla — como si no conociera su pensar. Encontré en el libro a una niña que nos mira, y sobre todo se mira a sí misma, desde el tiempo “cuando cantaban los grillos” y “la vida cabía en el jardín”. Encontré en sus palabras una lucha entre el ayer y la necesidad de encontrar un presente firme. En el poema que da título al libro parece que lo logra cuando su…
2 comentariosMudarse es como cruzar un puente que se desmorona a tus espaldas. No solamente cambias de lugar, sino de ser y te reinventas a la sombra de la nostalgia. Argénida Romero ofrece versos sobre esa experiencia en su primer libro de poesía. «Mudanzas» se lee fácilmente, aunque de seguro no se escribió con facilidad. Uno sospecha que hubo meses, incluso años, entre el verso inicial y los que cierran el libro, y que en ellos se muestra una experiencia de cambio, y “de sonridas fingidas,/ de lágrimas ausentes,/ de penas sin tiempo,/ de pasos sin camino,/ de amores sin destino” como ella escribe. Romero es de la nascente generación de escritores que se revelan, publican e interactúan a través de los nuevos medios. Sabemos de ella, por ejemplo, que busca alas en las palabras y que su vida se divide en el antes y después de la natal Venezuela y su migración a República Dominicana. Es periodista y no le gusta hablar de sí misma, pero no resiste el deseo de manifestar su voz. He leído su poesía con el doble interés de conocerla más y de experimentar con ella la transfiguración que ofrece el título del libro. Encontré en sus páginas a una Argénida Romero que es “vulnerable al beso” y que habla directamente a un “tú” desconocido sobre amores, despedidas y lo que inevitablemente queda de cada experiencia. Es una mujer que crece y que hace de ello un ejercicio poético. No hay duda ante su «Antítesis de…
5 comentarios“Yo siempre he sostenido que la tarea del escritor no es misteriosa ni trágica, sino que, por lo menos la del poeta, es una tarea personal, de beneficio público. Lo más parecido a la poesía es un pan o un plato de cerámica, o una madera tiernamente labrada, aunque sea por torpes manos”. –Pablo Neruda. Una de mis primeras experiencias con el fenómeno de los escritores que se publican a sí mismos se dio cuando empezaba mi carrera periodística y andaba de asignación por la Roosevelt Avenue en el Queens hispano de Nueva York. Hacía una de esas encuestas informales en las que repetíamos la misma pregunta sobre algún tema latinoamericano a unas diez personas, les tomábamos fotos y luego publicábamos una selección en el diario del siguiente día. Rara vez los encuestados sabían de qué hablaban. Cuando uno se encontraba con un transeúnte informado dedicaba más tiempo a la conversación. En esta ocasión fue un hombre de barba, bigote y pelo largo –todo un Jesucristo de lentes y baja estatura– que acababa de salir de una bodega vulgar en una esquina cualquiera. Pero el tipo hablaba de manera coherente y en oraciones completas. Le pregunté a qué se debía que estuviera tan bien informado. Su respuesta: “Soy un escritor.” Esto dio pie a que él me contara de sus escritos y a que me pidiera que, de ser posible, los mencionara en mi artículo. Quería publicidad. Antes de que le pudiera decir que no, desapareció de mi vista diciendo…
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