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Categoría: cambio

Consideraciones de fin de año

Hemos dado otra vuelta alrededor del sol desde la última vez que iniciamos el conteo. El año es una marca arbitraria en el camino, pero podría decirse que es nuestra marca y que es útil por lo menos para medir progreso, aunque también sea cuestión de nuestra invención. Hay tanto que damos por sentado que es asunto de la imaginación. Yo me encuentro aquí mirando al año que ha pasado y a la persona que fui a principio de este ciclo con el tipo de sonrisa que uno reserva para un niño: ah, qué inocente eras cuando a pesar de tu propio juicio te proponías esto o aquello para el año que vendría. Esto supongo que nos aplica a todos, tanto por lo que no esperábamos que sucediera y sucedió como por lo que queríamos que se diera y no se dio. El inevitable corolario es que cada vez hemos cambiado y en lo que a mí cuenta nunca es de una manera simple que se pueda caracterizar como progreso o retroceso. Es difícil, entonces, darle sentido a un año y, luego de estas consideraciones, resulta ilógico proponerse un curso definido. Pero lo hacemos. Es nuestra naturaleza. Termino este ciclo con sensación de vértigo, porque mucho (tal vez más de lo acostumbrado) resultó de circunstancias inesperadas y todavía inenarrables. Este año, alguien cercano a mí se quitó la vida mientras que otra persona a quien le debo la vida ha estado luchando por la suya. Ante estos grandes contrastes quedan…

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Autoayuda condicional: libérate si puedes

Tú puedes tener la vida que quieres, siempre y cuando lo que quieres no viole las leyes de la física ni del país donde vives. Crea tu propio futuro, aunque el futuro no existe. Sé quien quieres ser, y acepta las consecuencias, porque siempre las habrá. Elimina los obstáculos mentales, bórralos de tu mente, y cuando se presenten en tu camino haz de cuenta que no existen. No culpes a otros de tus males, porque todo el mundo es inocente, menos tú (por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa). Deja de quejarte y toma las riendas de tu vida, porque el éxito no permite que aceptes tus debilidades ni que te desahogues. Ámate como eres, pero solamente después de que te quites de encima todas estas imperfecciones que te obstaculizan. Respira hondo. No te identifiques con los problemas, porque ser irresponsable te proveerá gran alivio. ¿A qué le das tu energía? Eres puro ser (bueno, y también huesos, músculos, tejidos, reacciones químicas). Deja que tu vida surja espontáneamente. No hagas planes de nada y el presente se revelará ante ti, aunque eso signifique que se te olvide terminar tus proyectos. Tú eres perfección como eres. No tienes que hacer nada. No tienes que buscar nada. Mírate a ti mismo ahora, pero arregla estas dos o tres cositas que te impiden la iluminación. Es decir, cambia quien eres. Y por si acaso nada de eso funciona: Un día de estos te vas a morir. Gracias por visitar Libro…

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La otra orilla

La última vez que me mudé tuve un sueño alegórico.

Manejaba un vehículo por una de las calles céntricas de Manhattan en dirección del Río del Este. Aunque esa calle termina en el río y da a una autopista, en mi mundo interior llevaba directamente a un puente que era tan majestuoso como inusual. Brillaba con luz propia, como una de esas piezas de plástico que despiden luminosidad en la oscuridad.

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El espacio de la mente

En Nueva York prescindí de cualquier cosa que se llamara privacidad, porque carecía de dinero para comprarla. Viví con mi esposa y primer niño en un sótano de esos donde la sala era a la vez el comedor y la recámara. El baño era un estuche al lado de la cocina. Nuestra vista consistía de unas ventanillas rectangulares a la altura del cielo raso, desde donde divisábamos nada menos que los pies de los vecinos que frecuentaban los botes de basura. Recibíamos a las visitas allí, y lo único que dividía la cama y la cuna de los muebles de la sala eran unas finas cortinas que colgaban del techo. En tales condiciones escribí mis primeros cuentos, tecleándolos a veces en la intimidad de las noches mientras escuchaba en la otra esquina los ronquidos armónicos de mi esposa y bebé. Éramos felices, porque la felicidad solamente existe en el pretérito, cuando las inconveniencias del diario vivir han desaparecido como espejismo. Para cuando tuvimos el segundo niño mejoraban nuestras condiciones, porque teníamos ya una recámara al menos, donde los pequeños nos acompañaban, todavía cercanos a nuestro lecho marital. Recibíamos las visitas en una sala de veras y mi esposa preparaba los alimentos en cocina aparte, pero el escritorio seguía en la sala, como parte íntegra de nuestra vida social. O lo que quedaba de ella. Hubo madrugadas en las que me alumbraron los primeros rayos de la mañana pegado en el trance de la escritura. Ese horario me dejaba como un…

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