Podía sentarme en cualquier parte de la sinagoga, a pesar de estar allí solamente como invitado, pero escogí un amplio balcón que se encontraba vacío. Desde allí vería todo, como si estuviera fuera de ello. Era mi primera visita a una sinagoga y no sabía qué esperar. Escogí una de las que pertenecen al judaísmo de reforma que es la denominación más grande de judíos estadounidenses. A medida que aprendí algunos detalles de esta denominación detecté también la influencia del pensamiento occidental en esta tradición, tal y como sucede con varias denominaciones protestantes que lograron su auge en Estados Unidos. Los judíos de reforma son unos tipos liberales. Conceden libertad de pensamiento a sus miembros, de manera que aunque en la sinagoga existe la autoridad del rabino, en la mente de cada cual se determina cómo llevar las observaciones de la tradición en sus vidas y cómo entender el Torah –el equivalente de la instrucción o enseñanza que se encuentra en los libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio de la llamada “Ley de Moisés” o Pentauteco. Estos judíos han ido más allá que los católicos y muchos protestantes en adaptar sus creencias a los tiempos, a pesar de partir ellos de una parte de las Escrituras que muchos de sus primos cristianos considerarían anticuada. Vienen del tiempo de aquel Dios vengativo del desierto. El movimiento de reforma, por ejemplo, admite la igualdad de los sexos en vez de reservar el rabinado para los hombres. Estos judíos aceptan las…
Dejar un comentarioCategoría: El deseo de pertenecer
Se deslizó una compuerta por encima del altar, como sucedería en un episodio de ciencia-ficción, a lo Star Trek. Detrás, dos hombres, vestidos en blancas sotanas, estaban inmersos hasta el pecho en una alberca de cristal. Uno de ellos, un diácono, ayudó al otro a sumergirse de espaldas. Lo vimos hundirse y emerger sonriente, con el agua a chorros. Acababa de cumplirse el rito más importante de la religión bautista: el bautizo por inmersión, tal como ellos dicen que sucedió en los tiempos de Jesús. No cuesta mucho concordar con ellos cuando profesan que ese rito es un acto simbólico — y que, por tanto, no tiene sentido que un niño pase por el sacramento. Hay que tener uso de razón y una “edad de responsabilidad”, dicen ellos, para aceptar la salvación. Antes de que se fragüe ese juicio, a uno le pertenece el reino: interesante paralelismo a la enseñanza de Jesús y a la pérdida de inocencia del Edén. El baptismo acepta las Escrituras como única autoridad. El pastor es alguien que las presenta. Los diáconos y miembros del consejo se escogen por sufragio democrático. Sus iglesias son cuerpos autónomos y apolíticos. Y está la mejor parte: el principio de la libertad del alma. En el mundo bautista se considera, en rasgos generales, que cada cual nace con el derecho de escoger su culto, o de no escoger ninguno. Esta autonomía operativa, razonabilidad de principios y aferración a la letra explican por qué los bautistas se encuentran mayormente en…
2 comentariosHace un año escribía yo — aquel yo — una carta a alguien, en Viernes Santo, y esto fue lo que salió, que no es lo que saldría si lo escribiera hoy: Es viernes santo y, aunque no creo en nada, recuerdo aquel espacio de mi niñez en que el ambiente trastocado de la fe me hacía creer que este día realmente era especial. Era el único día del año en que las emisoras de radio silenciaban la cacofonía de merengues para poner música de muertos, como le decíamos entonces a los clásicos. Ese día no se trabajaba, ni siquiera para barrer el polvo fino que se asentaba en la madera oscura de las mecedoras. Ese día comíamos habichuelas con dulce y galletitas de leche. Ese día nos portábamos bien y guardábamos luto. Se decía que si en ese día se arrancaba de raíz una planta que se llama “Cardo de Cristo” saldría sangre de sus raíces y tallo espinoso. La sangre de Cristo. Ese día la misma tierra estaba viva y tenía uno que cuidarse de no pisar muy duro para que no le doliera al ser sagrado que la habitaba. Aquello parece otra vida que tuve hace siglos, aunque no hace tanto. Y es tal vez en esa vida donde se encuentran también mis raíces narrativas. Una parte de mi todavía ve el mundo como un gran ser vivo que está lleno de misterios. La otra parte, tallada por más de una década de experiencia periodística, es completamente…
Dejar un comentarioLos noticieros del mundo amplificaron hoy el anuncio de la traducción del Evangelio de Judas, un documento antiguo que estuvo en manos de coleccionistas. La causa de alarma es que este escrito apócrifo —que no debería significar “falso” sino “secreto”— presenta una versión distinta del drama cristiano: una en la que Judas no es traidor, sino tal vez el discípulo más comprometido — porque desempeña un papel crucial y acordado para que se cumpla lo que se tiene que cumplir en la inmolación del Mesías. Esto no es nada nuevo. Hace décadas que existe una nutrida colección de evangelios apócrifos que se descubrieron en Nag Hammadi y presentaron al movimiento cristiano primitivo a través de los evangelios secretos de Tomás, Juan, e incluso María Magdalena. Se sabía que el de Judas existía. Ese era el gnosticismo de la era formativa del cristianismo, un misticismo de diversas visiones que en última instancia enfatizaba el derecho del ser humano a experimentar la verdad divina en sí mismo. En el campo del ensayo existe un libro mayormente desconocido, del escritor dominicano Juan Bosch, que me pareció brillante en su tiempo. Se titula «Judas Iscariote, el calumniado», donde Bosch presenta una trama alternativa del discípulo que las iglesias aprendieron a odiar. Allí decía Bosch que “el amor une, pero no fanatiza; lo que fanatiza es el odio”. Asunto para reflexionar. ¿Y qué tal la interpretación literaria (y visionaria) que ofrecía el novelista Nikos Kazantzakis en su obra «La última tentación de Cristo», que se…
2 comentariosNo sabía qué esperar de los luteranos. Conocía muy poco de ellos, a pesar de que son la rama del cristianismo que se desprendió de una de las rebeliones más importantes de la historia occidental. Hablo de la Reforma que originó el teólogo Martín Lutero a partir del siglo dieciséis, cuando criticó las práctica de vender indulgencias a cambio de la salvación y cuestionó otros principios de fe dentro del catolicismo todopoderoso de la época. Es a Lutero a quien debemos todas las tradiciones protestantes que se separaron del catolicismo y es a Lutero a quien debemos la disponibilidad en idiomas de uso común del conjunto de textos que se conoce como la Biblia — base de numerosas interpretaciones, así como también (nos guste o no) de la moralidad de todas las naciones de América, muchas de Europa y otras alrededor del mundo. A Lutero, en fin, le debemos el resurgimiento del cristianismo como un movimiento mayor que el catolicismo. El luteranismo es, pues, la versión evolucionada de la fe que Lutero vislumbró cuando inició su separación de la tradición eclesiástica a la que él mismo perteneció. Pero nunca imaginé el luteranismo de esta manera, más cercano al talk show televísivo que al púlpito tradicional. Asistí hoy a la Iglesia Luterana Espíritu de Gozo (“Spirit of Joy Lutheran Church”) al este de Orlando, escogiéndola al azar para iniciar –según anticipé en una nota reciente— esta exploración del deseo de pertenecer que nos atrae desde tiempos inmemoriales a los templos. Lo…
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