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Categoría: escritura

El espacio de la mente

En Nueva York prescindí de cualquier cosa que se llamara privacidad, porque carecía de dinero para comprarla. Viví con mi esposa y primer niño en un sótano de esos donde la sala era a la vez el comedor y la recámara. El baño era un estuche al lado de la cocina. Nuestra vista consistía de unas ventanillas rectangulares a la altura del cielo raso, desde donde divisábamos nada menos que los pies de los vecinos que frecuentaban los botes de basura. Recibíamos a las visitas allí, y lo único que dividía la cama y la cuna de los muebles de la sala eran unas finas cortinas que colgaban del techo. En tales condiciones escribí mis primeros cuentos, tecleándolos a veces en la intimidad de las noches mientras escuchaba en la otra esquina los ronquidos armónicos de mi esposa y bebé. Éramos felices, porque la felicidad solamente existe en el pretérito, cuando las inconveniencias del diario vivir han desaparecido como espejismo. Para cuando tuvimos el segundo niño mejoraban nuestras condiciones, porque teníamos ya una recámara al menos, donde los pequeños nos acompañaban, todavía cercanos a nuestro lecho marital. Recibíamos las visitas en una sala de veras y mi esposa preparaba los alimentos en cocina aparte, pero el escritorio seguía en la sala, como parte íntegra de nuestra vida social. O lo que quedaba de ella. Hubo madrugadas en las que me alumbraron los primeros rayos de la mañana pegado en el trance de la escritura. Ese horario me dejaba como un…

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La conciencia de escritor

Cuando busco entre los pasillos borrosos de la memoria, encuentro mi primera conciencia de escritor más o menos en el quinto grado de la escuela primaria.

La maestra de historia, que era la encargada de nuestro salón, nos explicaba que a partir de entonces los exámenes finales incluirían un requisito de composición.

Es decir, se esperaría que los estudiantes expusieran sus puntos de vista por escrito sobre un tema que se revelaría el mismo día del examen. Mis compañeros de clase reaccionaron a la noticia con un lamento colectivo. Yo, en cambio, me sentí seguro de que aquella sería la parte más fácil del examen. Y en ese momento supe que tenía una habilidad que no era demasiado común. Escribía con facilidad.

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