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Categoría: escritura

Letanía de un escritor cualquiera

Tú escribes porque quieres decir algo que sea verdadero y te pasas horas, días, semanas, quizás meses de tu vida, sentado frente a un teclado y poniendo una palabra detrás de la otra. Luego depuras el lenguaje en ese mundo narrativo de tu soledad y vas dándole forma a una expresión que para ti tiene sentido. Terminas y quieres compartir lo escrito, pero a la vez no quieres, porque te sueñas caminando completamente desnudo por una avenida llena de gente, tirando tus papeles a todos lados con escritos tuyos y se van como hojas marchitas que se lleva el viento. Has caminado tan lejos que ya no puedes regresar al punto de partida, a aquella tarde lluviosa de oraciones melosas. Descubres como cualquier escribidor — prefieres este vocablo profano — que la gente piensa que tiene mejores cosas que hacer que ponerse a leer. Hay un nuevo programa en la tele en que un hombre y una mujer primermundistas tratan de sobrevivir desnudos en la jungla y se mueren de hambre y de sed, y los bichos se los comen vivos, pero son ellos los que aprenden a comer gusanos. Los ves tiritando desnudos en la oscuridad de la noche mientras se tapan bajo unas ramas y se abrazan. La gente de privilegio es así. Les gusta sufrir a voluntad. Los más jóvenes no necesitan imaginar personajes cuando ellos pueden ser esos personajes en alguna realidad virtual que, sin ningún sentido de ironía, se empeña en parecer más real que…

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La inutilidad del ser humano

Día llegará en que un lector no podrá distinguir si esta oración la escribió un ser humano o un robot. Vamos por ese camino en que la informática sustituye a la gente y logra simular lo que somos. No estoy exagerando. Ya he visto experimentos de periodismo elemental, por ejemplo, realizado por medio de algoritmos que saben recopilar y ordenar información para luego colocarla en oraciones que tienen los sujetos, verbos y predicados en los lugares donde podríamos esperar que estuvieran. Aunque los artículos publicados por medio de estos designios son todavía muy básicos — recuentos de eventos deportivos o resultados de las bolsas de valores — estos son los primeros pasos hacia la automatización de los medios. Me enfoco en esto porque es lo que me toca más cerca, pero no es la única actividad humana que los algoritmos y las máquinas que los ejecutan nos pueden quitar. Hay robots que se encargan del transporte y la manufactura en las grandes fabricas del mundo. Hay robots que pueden estudiar miles y miles de documentos y códigos de leyes para producir análisis legal y compendios de estrategias corporativas. Hay robots que pueden considerar un número de síntomas y diagnosticar una condición de salud, y otros que pueden tomar la receta médica y procesarla para generar el medicamento con sus recomendaciones de dosis. Hay robots que pueden jugar fútbol. Hay robots que pueden sonreir. Hay robots que pueden jugar el papel de psicoterapeutas. Hay robots que pueden manejar un vehículo, desde…

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Argénida Romero, echando raíz en poesía

Leer es recrear lo escrito, sobre todo cuando se trata del lenguaje íntimo y muchas veces oscuro de la poesía. Por eso cuando uno lee y atribuye significados vale preguntarse si leyó lo que quiso decir la voz interna detrás de esas oraciones, o si leyó lo que uno quiso leer. Esto aún más cuando uno conoce a la persona que los escribió y esa lectura está marcada por la amistad. Hace años que trato con Argénida Romero, aunque no creo que hayamos pisado el mismo pedazo de tierra a la vez. De alguna manera nos encontramos por esos senderos comunes de las letras y los medios y nos hicimos amigos, como se puede ser amigos a través de largas distancias. Por eso creo ver algunos motivos tras sus versos, por lo que sé de ella y de sus intereses. Pero con la publicación de su poemario “Arraiga”, obra con la que se le declaró ganadora del Premio Joven de Poesía de la Feria Internacional del Libro de 2013 en Santo Domingo, República Dominicana, intenté leerla — más bien, releerla — como si no conociera su pensar. Encontré en el libro a una niña que nos mira, y sobre todo se mira a sí misma, desde el tiempo “cuando cantaban los grillos” y “la vida cabía en el jardín”. Encontré en sus palabras una lucha entre el ayer y la necesidad de encontrar un presente firme. En el poema que da título al libro parece que lo logra cuando su…

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Poesía en medio del camino

En los momentos difíciles mucha gente recurre a la oración, pero yo me refugio en la poesía. Es una práctica que adopté de casualidad por haberme cruzado más de una vez con algún verso que en ese momento correspondía a alguna inquietud que me agitaba. No sé cuando lo empecé a notar porque mi lectura de versos es mínima en comparación al tiempo dedicado a otros géneros, pero puedo decir que las palabras precisas de algún verso me han caído como un baño de agua fresca en lugares inesperados, caminando tal vez por una estación del subterráneo de Nueva York y encontrándome con uno de esos cárteles de la campaña de “poesía en movimiento” que hace un par de décadas inició alguna persona genial dentro de la autoridad de tránsito. Como estos versos de la estadounidense Tracy K. Smith, una poeta a la que hasta ese momento desconocía, pero cuyas palabras aparecían en el dorso de una MetroCard (la tarjeta que usan los neoyorquinos para pagar la tarifa de entrada a los trenes), y que yo mal traduzco aquí: Cuando algunas gentes hablan de dinero Hablan como si éste fuera un amante misterioso Que salió a comprar leche y nunca Regresó, y me hacen sentir nostalgia De los años en que yo vivía de pan y café, Hambrienta todo el tiempo, caminando a trabajar en días de pago Como una mujer viajando hacia el agua Desde una villa sin pozo, viviendo entonces Una o dos noches como todos los demás…

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Juan Dicent escribe de “un frío más largo que el invierno”

Juan Dicent, alias Dino Bonao, en la Corte del Bronx. Foto cortesía del autor. Loco, déjame contarte una vaina. Este blog que se llama “blogworkorange”, título obviamente derivado de la novela, me llamó la atención hace unos años, por dos razones. Estaba bien escrito. Tal vez no en el sentido de la Real Academia, you know, pero sí de la real lengua que se habla en muchas partes del Bronx. Además, el autor parecía estar hablando solo, no como un esquizo sino en el sentido de que no le importaba si tú le parabas bola o no, algo poco característico en estos medios. Seguía escribiendo estos relatos que parecían mezclas de ficción y cotidianidad. Me dije: Este tiguere hay que leerlo. El año antepasado publicó su libro de relatos Winterness y, como ya me lo había propuesto, bajé la versión digital en cuanto supe que estaba disponible. Me cayó bien tener el libro porque pasé varias horas del vórtice polar de estas semanas leyéndolo y riéndome con él de sus personajes, mayormente dominicanos, like you and me, my friend, viviendo en esta jodía nevera que llamamos Nueva York. No es que los relatos de Juan Dicent — que también usa el seudónimo Dino Bonao — sean simples chistes ni mucho menos. Lo que pasa es que a veces uno reconoce estos personajes tragicómicos, como el tío que jamás en su vida se ha puesto jeans, o las tías que se pasan llamándose de un estado a otro para ver qué está…

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