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Categoría: Estados Unidos

Filadelfia

Al recorrer ciertas calles estrechas de Filadelfia — o Philadelphia — uno puede sentirse transportado a los finales del siglo dieciocho en que se fundó esta nación de trece colonias, ver los carruajes tirados por caballos, encontrarse al pie de un roble donde se enterraban los restos de algún mercante en el patio de la nueva iglesia episcopal. Puede uno encontrarse temporalmente trastornado ante dos visiones, la de aquella pequeña ciudad de puerto y de tiendas que ocupaban el primer piso de negocios en la calle Market y el nuevo horizonte de edificios torres y grúas que como grandes patas de araña siguen tejiendo la estructura de una metrópolis. Mas no hay mucho de novedad en lo nuevo. Todas nuestras ciudades contemporáneas se parecen con esos edificios que buscan en la altura la durabilidad. Lo curioso de Filadelfia es que uno todavía puede entrar a la Iglesia Cristo, caminar sobre las tumbas de los fundadores, y sentarse en el mismo banco de madera que estaba reservado para George y Martha Washington y luego para John y Abigail Adams, entre los héroes patrios de estos Estados Unidos. Puede uno salir a caminar por el callejón de Elfreth, la calle más antigua dentro de las trece colonias originales (aunque muchas veces se olvida que había colonos, aunque de otro rancio poder imperial, en la vieja Florida), y puede uno pensarse en aquella sociedad en que un herrero forjaba a fuerza de músculo las herraduras y herramientas de cocina. Puede uno mirar la…

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Los antihéroes de Miller

He visto tres obras del dramaturgo norteamericano Arthur Miller porque se me han cruzado en el camino sin andarlas buscando, pareciéndome a veces que el teatro es un arte para clases mejores remuneradas que la mía. En cada ocasión he quedado sorprendido al ver que su obra me habla de manera directa. Hay un patrón que reconozco en las tres obras de Miller que he conocido: Él logra elevar personajes antiheroicos de la clase trabajadora, personas que en nuestras sociedades capitalistas podríamos llamar “perdedores,” de manera que casi olvidamos sus fallas y, aunque sea por momentos, logramos entenderlos. Conocí su obra en una clase de teatro en mi primer año de universidad, donde tuvimos que ensayar escenas de “Death of a Salesman” (“Muerte de un agente viajero”) a primera hora de la mañana, entre bostezos de sueño y ayunas. Leímos la obra antes de escenificar algunas partes en clase. No me fue muy bien en el papel de Willy, aquel hombre indeciso en búsqueda de un éxito que le elude. Me recuerdo en medio del escenario, todo tieso al lado de una cama donde yo le gritaba no sé qué cosa a mi supuesta mujer. Recitaba las líneas como si hubiese estado en una subasta para vender carros chatarra. Era un perdedor tratando de imitar a un perdedor. Pero se quedó algo en mí de la obra y de aquella experiencia, un desprecio mezclado con compasión hacia aquel personaje que trataba de ser quien no era en su afán de…

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Las raíces negras de mi historia

Antes de perderme por las ramas del árbol sinuoso de la vida no entendía por qué la historia personal podría ejercer algún grado de fascinación en cualquier persona. ¿De qué podría importar – hubiese razonado entonces – quiénes fueron los abuelos de mis abuelos en días en que no existí? La respuesta ya era implícita en la pregunta, como a veces pasa. Una amiga que estaba interesada en la genealogía retó aquel pensamiento sin necesidad de discutir. Recuerdo la tarde en que mi esposa y yo abríamos regalos de boda en aquel apartamento encaramado que fue nuestro primer hogar, y aquel momento en que abrí uno que consistía de un largo cuaderno en tapa dura y decorada por trazos dorados. Al abrirlo me reí: era un álbum en el que podríamos empezar el registro de nuestra familia, inscribiendo nuestros nombres y rastreando desde allí, y con la ayuda de diagramas a manera de pedigrí, nuestras raíces en apariencia divergentes. La mía se extendería en el pasado hacia República Dominicana y la de mi esposa hacia Puerto Rico. Pasó que unos días después, sin nada que hacer, me puse a llenar las líneas con los nombres que sabía. Empecé por los nuestros, dejando vacíos entonces los espacios para nuestros descendientes, y puse nuestros padres y nuestros abuelos y algunos bisabuelos, y allí mismo me di cuenta de que no sabíamos nada más sobre nuestros orígenes. Se había clavado en mí una espina y no lo sabía, porque mucho después empecé a…

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Buscando a Mistral, segunda parte

Hace poco compartí mi excursión tras los pasos de la poeta chilena Gabriela Mistral, aquella averiguación que emprendí, persiguiendo quizás algún resquicio hacia la materia prima de su literatura en este pedazo de Estados Unidos que ella habitó. Como lector, como juntador de palabras al fin, me ha dado por visitar sitios conocidos por estos genios de las letras cuando me entero de ellos, cazando los fantasmas detrás de sus escritos. Así he contado por aquí mis visitas a espacios que acogieron a los poetas Walt Whitman y Luis Cernuda, y compongo ya en mi mente una lista de otros que están a mi alcance y que me intrigan. El caso de Mistral lo tenía en mente por varios años y, como ya relaté, sentí el impulso de satisfacer mi curiosidad una tarde cualquiera. Pero he de recordar a quienes me lean que los escritos que pongo aquí no se someten a las revisiones y verificaciones del rigor académico y no siguen ningún orden necesariamente lógico. Rara vez los reviso más allá de dos o tres lecturas. Son rastros alfabéticos en la arena del tiempo y nada más. Por eso me bastan unos datos básicos para dar rienda suelta a mi curiosidad y escribir luego de estas experiencias reales o imaginarias (también reales). Así llegué a la anécdota que conté sobre mi visita adonde vivió y murió Mistral en esta isla larga de Long Island que he contado entre mis hogares. Pero resulta que no soy el único que ha…

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El poder de “In the Heights”

Cuando vi la conmoción en los medios estadounidenses sobre “In The Heights”, un musical que se escenifica en el Washington Heights que es el barrio-corazón de la comunidad dominicana y de otros grupos hispanos en el alto Manhattan, sospeché que éste sufriría del síndrome de las obras muy alabadas por un público que desconoce el tema tratado. Temí que el musical con música y canciones de Lin-Manuel Miranda, basadas en una pieza teatral de Quiara Alegría Hudes, iba a presentar una versión de la latinidad que no estaría a tono con lo que se vive en los barrios neoyorquinos. Pensé que, además, la obra me aburriría porque nunca he sido fanático de estas producciones teatrales donde la música desciende del cielo. Tal vez por ello esperé tanto para ver el musical que mereció el prestigioso premio Tony en 2008. Durante una reciente visita a Nueva York, asistí por fin a verlo en el famoso distrito teatral de Broadway y me di cuenta de que, como suele suceder, estas suposiciones mías estaban equivocadas. No solamente disfruté de las más de dos horas del musical sin cansarme, sino que me conmoví con algunas escenas, me reí con algunas ocurrencias y sentí la música como una expresión muy natural de la lucha por la vida en los guetos latinos. El Washington Heights que vi en escena me pareció verosimil – y por lo tanto real dentro de lo posible – porque, a pesar de los estereotipos, se presentó como un lugar vibrante donde…

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