La exageración maravillosa del realismo mágico podrá ser cosa del pasado –esplendoroso, pero aun pasado– en la literatura hispana, pero en Estados Unidos es la sensación. Ello se debe a una extraña intersección entre la cultura popular y la literatura. Y a un autor: Gabriel García Márquez. El famoso escritor colombiano está de moda. Su novela «El amor en los tiempos del cólera» encabeza la lista de los más vendidos, tanto en español como en inglés. Su «Cien años de soledad» es de los libros favoritos de los hispanos en Estados Unidos. Y su más reciente «Memorias de mis putas tristes» no se queda atrás. ¿Por qué esta fascinación que llega con veinte a treinta años de atraso? Es muy sencillo: Oprah descubrió hace poco la prosa lírica de García Márquez. Y libro que la reina del talk show bendice es libro que se consagra en el mercado estadounidense. Hollywood también ayuda, con el traslado al cine de «El amor en los tiempos del cólera». Es buena noticia para los que apreciamos la literatura en español, pero a la vez es un signo de la falta de reconocimiento de esta en el mundo anglosajón. Es una oportunidad para abrir puertas y ventanas — y que así como fluyen influencias de norte a sur, haya una retroalimentación que nos enriquezca a todos. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.
9 comentariosCategoría: Gabriel García Márquez
“Ángel de mi guarda, mi dulce compañíano me desampares ni de noche ni de día”. Oración católica. Hay libros a los que uno se acerca con sus dudas, como si mordieran. Yo le temí a «Dulce compañía», una novela de la autora Laura Restrepo. Y le temí por dos razones que tal vez parezcan descabelladas a los lectores más expertos. Primero, porque leí «Delirio», otro libro de la misma autora colombiana que me causó un dolor de cabeza por sus dificultades narrativas. Detesto esos libros que son difíciles a propósito. La segunda razón, y esta es la más risible, fue que tuve la impresión de que este otro libro sería lo contrario: demasiado fácil. No me gustan los extremos en estos sentidos. Los escritos muy difíciles me parecen arrogantes, aunque muchas veces me ha sorprendido Jorge Luis Borges al demostrarme que la dificultad que yo esperaba en alguno de sus cuentos era imaginaria, como su narración. Los escritos muy fáciles me parecen perezosos: ese tipo de páginas que se disuelven en el aire una vez leídas y no dicen absolutamente nada que se quede con nosotros. Me gustan los libros medios, pero no mediocres, que me reten sin ser aburridos. Que se dejen leer, pero que me obliguen a confrontar los temas que proponen. Así me acerqué a «Dulce compañía», marcado por las dudas. Y, hasta cierto punto, tenía razón: El libro es fácil, pero no simple. Me adentré en su trama con ganas de criticarlo y terminé disfrutándolo. Para…
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