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Categoría: historia

Filadelfia

Al recorrer ciertas calles estrechas de Filadelfia — o Philadelphia — uno puede sentirse transportado a los finales del siglo dieciocho en que se fundó esta nación de trece colonias, ver los carruajes tirados por caballos, encontrarse al pie de un roble donde se enterraban los restos de algún mercante en el patio de la nueva iglesia episcopal. Puede uno encontrarse temporalmente trastornado ante dos visiones, la de aquella pequeña ciudad de puerto y de tiendas que ocupaban el primer piso de negocios en la calle Market y el nuevo horizonte de edificios torres y grúas que como grandes patas de araña siguen tejiendo la estructura de una metrópolis. Mas no hay mucho de novedad en lo nuevo. Todas nuestras ciudades contemporáneas se parecen con esos edificios que buscan en la altura la durabilidad. Lo curioso de Filadelfia es que uno todavía puede entrar a la Iglesia Cristo, caminar sobre las tumbas de los fundadores, y sentarse en el mismo banco de madera que estaba reservado para George y Martha Washington y luego para John y Abigail Adams, entre los héroes patrios de estos Estados Unidos. Puede uno salir a caminar por el callejón de Elfreth, la calle más antigua dentro de las trece colonias originales (aunque muchas veces se olvida que había colonos, aunque de otro rancio poder imperial, en la vieja Florida), y puede uno pensarse en aquella sociedad en que un herrero forjaba a fuerza de músculo las herraduras y herramientas de cocina. Puede uno mirar la…

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Más allá del desastre de Chernóbil

El 26 de abril de 1986 no es una fecha muy conocida en la historia, pero debería serlo. Ese día la planta nuclear eléctrica de Chernóbil se fue a pique, explotando e incendiándose para liberar desde sus entrañas los desechos radiactivos que carcomerían parte del territorio de la Unión Soviética de entonces, y en particular las repúblicas satélites de Belarús (o Bielorrusia) y Ucrania. Decir esto es hablar en los términos lineales de la información; cosas que no significan mucho para quienes no palparon el desastre y sus consecuencias. No es lo mismo leer datos de lo que empezó como una avería técnica y terminó borrando más de cuatrocientos aldeas bielorrusas que enterarse en detalle de la muerte de un bombero que se desintegraba poco a poco frente a su joven mujer, hasta que: “Todo él era una llaga sanguinolenta”. Tampoco es igual a adentrarse en la memoria de un cazador empleado por las autoridades de entonces para ir a matar a tiros a los perros y a los gatos, o a los caballos, todas esas mascotas amistosas que se volverían radiactivas después que sus amos las dejaron al ser evacuados de la zona. “En los últimos instantes ves que tiene una mirada que entiende, unos ojos casi humanos”, dice uno de los cazadores. Los mismos humanos de Chernóbil que lograron huir se convirtieron en unos apestados, sus vísceras concentraciones de radiación y sus conciencias traumatizadas por el efecto de un nuevo tipo de guerra – del ser humano puesto…

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Las raíces negras de mi historia

Antes de perderme por las ramas del árbol sinuoso de la vida no entendía por qué la historia personal podría ejercer algún grado de fascinación en cualquier persona. ¿De qué podría importar – hubiese razonado entonces – quiénes fueron los abuelos de mis abuelos en días en que no existí? La respuesta ya era implícita en la pregunta, como a veces pasa. Una amiga que estaba interesada en la genealogía retó aquel pensamiento sin necesidad de discutir. Recuerdo la tarde en que mi esposa y yo abríamos regalos de boda en aquel apartamento encaramado que fue nuestro primer hogar, y aquel momento en que abrí uno que consistía de un largo cuaderno en tapa dura y decorada por trazos dorados. Al abrirlo me reí: era un álbum en el que podríamos empezar el registro de nuestra familia, inscribiendo nuestros nombres y rastreando desde allí, y con la ayuda de diagramas a manera de pedigrí, nuestras raíces en apariencia divergentes. La mía se extendería en el pasado hacia República Dominicana y la de mi esposa hacia Puerto Rico. Pasó que unos días después, sin nada que hacer, me puse a llenar las líneas con los nombres que sabía. Empecé por los nuestros, dejando vacíos entonces los espacios para nuestros descendientes, y puse nuestros padres y nuestros abuelos y algunos bisabuelos, y allí mismo me di cuenta de que no sabíamos nada más sobre nuestros orígenes. Se había clavado en mí una espina y no lo sabía, porque mucho después empecé a…

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El yo digital

En menos de dos minutos este sitio puede desaparecer. Puedo entrar al panel de control y escoger una opción para borrar de una vez lo que he escrito en años. Semanas después, se esfumaría mi rastro de los buscadores de internet. O así parecería. En esta era digital es tan fácil publicar como lo es borrar, aunque sea en apariencia. Es tan fácil redactar como lo es editar, sin dejar un claro registro de las alteraciones a un escrito. Esto tiene implicaciones. Una de ellas es que la palabra escrita deja de tener el mismo peso de antes. ¿O será de esta manera? Entremos en detalle. La mayoría de las plataformas de publicación incluyen un procesador de texto donde se escribe, se edita, se determina el formato, y de una vez se envía lo escrito. Todo ello más rápido y conveniente, y por tanto más revolucionario, que las imprentas de Gutenberg. Estas funcionalidades unen en un solo proceso algo que antes implicaba varios pasos para el redactor: pensar la idea, escribirla, editarla, enviarla, diagramarla, imprimirla, y, una vez impresa, aceptarla como un documento que podía descartarse o archivarse, que podía tacharse o subrayarse, pero no cambiarse con igual facilidad. El escritor actual puede entregarse a la tentación de publicar de manera instantánea y sólo después darse cuenta de que le falta o le sobra puntuación; de que las palabras son imprecisas o las oraciones son chuecas; o de que se publicó una barbaridad. El escrito se puede editar y moldear…

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La Pasión como historia

No hay que tener alguna creencia para poder apreciar La Pasión de Cristo como una historia con un arco narrativo bien definido, que reúne los elementos de los grandes mitos y de los héroes que los encarnan. Jesús es el personaje por excelencia porque el relato de su vida contiene en sí gran poder. Resumamos su trama: Nace en una familia pobre que huye de una persecución; vive una vida humilde y sin privilegios; cuestiona los principios de la sociedad que le rodea; atrae a las masas con su Evangelio; y, por tanto, se hace enemigo del poder. Y el clímax: a pesar de ser inocente, es acusado y condenado sin juicio justo. Se le humilla, se le tortura y se le mata de una manera salvaje. Luego viene el mito que se convierte en un tremendo final: Jesús trasciende más allá de la muerte, tocando así el anhelo de inmortalidad de todos los seres humanos. Al contemplar estos detalles recuerdo a Joseph Campbell, el escritor estadounidense que desglosó las religiones del mundo para extraer de ellas sus mitos, y que a partir de ese proceso identificó los elementos claves de la narrativa religiosa. Campbell adoptó el término “Monomito” para referirse a este prodigioso “Viaje del héroe” común a las mejores historias religiosas. En este viaje se encontraban más o menos estos elementos: 1) El llamado a la aventura; 2) El viaje a un mundo extraño donde se pone a prueba al héroe; 3) El sufrimiento del sacrificio supremo; 4)…

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