Hay ideas que no se pueden formular hasta que les llega el día en que maduran y caen de la mata. Puede ser una tarde cualquiera en una sala cualquiera de una ciudad cualquiera cuando se desploma una noción que estaba siempre ahí, pero parecía cruda para el consumo. En este caso hablo de la influencia de los sueños, aunque no simplemente de los personales, sino de aquellos que arrebatan a las masas y se convierten a la vez en motor, vehículo y puente para transportarnos a la realidad en que sobrevivimos. Hablo de las calles, de las tiendas, de las corporaciones, de las instituciones, de las viviendas, de los servicios, de todo aquello que constituye la vida en sociedad. El mundo en que vivimos es hijo de nuestros sueños, esos gigantes que se alimentan de nuestra fe. Mientras los vivimos, esos sueños son mágicos. Se revisten lo mismo de trabajo, hombro a hombro, por una sociedad mejor que del coraje individualista del hombre o mujer de frontera. Tras cada uno de ellos aguarda, como el barril de oro al final del arco iris, una fuente de esperanza inagotable que hace posible la vida que conocemos. ¿Pero qué pasa el día en que la ilusión queda expuesta? ¿Qué pasa cuando esos gigantes exigen todo lo que somos? ¿Qué cuando nos despojamos de las utopías? Probablemente formulamos nuevos sueños, antes de tocar el vacío. Imagen original, “Nocturna novembrina, Zaruma”, cortesía de Jaime Serrano. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a…
3 comentariosCategoría: ideales
La primera vez que vi el musical «Hombre de la Mancha» («Man of La Mancha») me pareció repulsiva la distorsión significativa de una obra como Don Quijote. La próxima vez fue una de esas madrugadas en las que, agripado, mi cuerpo estaba dispuesto a tolerar cualquier cosa, excepto el sueño. Hubo tercera y cuarta veces porque llegué a encontrar en este traslado al cine de la representación teatral un poder de renovación que habla mucho de la buena literatura. Los personajes memorables, como sin dudas lo es el caballero andante de La Mancha, trascienden su obra porque en verdad preceden a la obra. Son independientes de ella. Son prototipos de ideales humanos que bien podrían desprenderse hasta nosotros desde ese mundo de ideas que formuló Platón. Por ello son reales en otro plano, aunque nunca existieron en el mundo de los sentidos. Eso explica por qué la distorsión de la obra en aquel musical magistral –filmado en 1972 bajo la dirección de Arthur Hiller y con la actuación de Peter O’Toole y Sophia Loren– encarna todavía la misma fuerza que le ha dado vida a este personaje milenario. Es como ver a Don Quijote contado desde el punto de vista de Broadway, con ciertas afectaciones de ese ambiente y de la cultura anglosajona, pero con el mismo vigor de aquella entidad que conocimos primero a través de la pluma de Miguel de Cervantes. El clímax de esta representación se da con la sentida interpretación de la canción «The Impossible Dream»…
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