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Categoría: inspiración

Robarse el fuego

Estos días tengo que huir de todas mis obligaciones y del escritorio que una vez compré y armé con la esperanza de que sería el lugar de mis imaginaciones. Hay muchos asuntos de trabajo allí; mucha correspondencia abierta y sin abrir; muchos cables de computadora, impresora, monitor, bocinas, y el polvo que se acumuló entre ellos y sobre los libros que no leí en más de dos años de trabajo remoto por la pandemia.

Los asuntos prácticos se interponen: primero, hay que ser responsable y pagar las cuentas, desempolvar las superficies, organizar los libros, contestar las llamadas a mi mamá (siempre hay una emergencia que en realidad no es nada), y luego estoy cansado y necesito una siesta, y cuando despierto la casa está llena de gente, oigo los debates en la televisión y mejor me voy a cortar el pasto, que ya eso empieza a parecer un terreno baldío para criar becerros.

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Procesador de palabras.

A veces uno espera por meses o años para atravesar esas lagunas del pensamiento donde todas las letras se sumergen en un pantano que huele a estiércol. No es que uno no tenga nada qué decir sino que tal vez uno no se permite decirlo. Las prioridades pueden ser otras: pagar las deudas, mudarse, criar niños, trabajar, resolver lo del carro, poner una cerca, arreglar por fin el maldito rechinar de la puerta de la ducha. En fin, vivir tan en paz como sea posible. Vaya idealismo: pequeña burguesía. Pero uno está al acecho del momento. Cuando llega uno lo sabe. Lo sabe porque lo sabe. Y tira uno las sábanas a un lado, y abandona el estupor y la comodidad de la cama, y se va como un borracho en la oscuridad, tropezando con los muebles que parecen haber cambiado de lugar, y llega apenas a la cámara oscura y enciende alguna lucecilla y, sin dudas, la computadora — y desespera uno ante el sonido de comienzo de Windows –¡cállate y prende!–, y la página de entrada, y la maldita palabra clave que se olvida a deshoras, y el antivirus que insiste en hacer una inspección completa de los contenidos del disco duro. Y, al fin, abre la página virtual –ese fantasma de la página en blanco de antaño– y empieza uno a desnudarse con las palabras y a gritar las cosas que hace tiempo no podía decir, y llega uno prendido a las oraciones del último párrafo, y…

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Inspiración.

No siempre se parte de ideas. Hay veces en las que una emoción horada el pecho y se convierte en deseo. ¿Deseo de qué? Uno no lo sabe. Uno se postra ante la página en blanco –sea de papel o electrónica– y deja que los impulsos se desborden en tormenta eléctrica. Que las palabras se escurran y encaucen como sea. Aquello viene arrasador y se irá en cualquier momento. Dejará los charcos, las ramas abatidas y el olor a lluvia pasada. Quedará ese alivio después de las lágrimas. Quedará ese cansancio tras el clímax. Mejor ponerlo todo a un lado y seguir con los negocios de la vida. Uno descubrirá después que lo escrito en esos arranques es igual de intenso que de malo. En ello está sólo el germen de una historia. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.

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