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Sentarse en el tren con demasiados pensamientos en la cabeza y ceder, palabra por palabra, a las imágenes tan simples que parecen ciertas de una poesía. Allá a lo lejos espera la muerte al final de un túnel. O eso dicen.
El que escribe propone dedicar su vida al deseo y a protestar el dolor, y el que lee se da cuenta de que de ninguna otra cosa trata todo lo que se ha escrito hasta entonces. Ni lo que se escribirá. Está enganchado.
Leer es recrear lo escrito, sobre todo cuando se trata del lenguaje íntimo y muchas veces oscuro de la poesía. Por eso cuando uno lee y atribuye significados vale preguntarse si leyó lo que quiso decir la voz interna detrás de esas oraciones, o si leyó lo que uno quiso leer. Esto aún más cuando uno conoce a la persona que los escribió y esa lectura está marcada por la amistad.
Hace años que trato con Argénida Romero, aunque no creo que hayamos pisado el mismo pedazo de tierra a la vez. De alguna manera nos encontramos por esos senderos comunes de las letras y los medios y nos hicimos amigos, como se puede ser amigos a través de largas distancias.