Los meses de lluvia que asaltan esta zona del trópico me transportan: a esas tardes de mayo en las que esperaba a que terminara la lección para salir corriendo a casa, despechugarme en cuanto llegaba y esperar al aguacero. Salir, pies desnudos, pecho abierto, y sentir el estruendo de las nubes que se vaciaban. De esa agua distinta a la que venía por las tuberías. Agua con olor a bosque. Los niños corríamos, dueños de las calles, mientras los adultos se escondían tras puertas y persianas cerradas — cada vez más viejos, cada vez más serios, cada vez más miedosos. Ibamos, incluso aquellos de nosotros que no se bañaban con frecuencia, tras los mejores caños. Teníamos guerras de lodo y volvíamos a ser de barro, antes de que la lluvia nos volviera a limpiar y dejar exhaustos. Cuando terminaba la tormenta éramos otros: empapados, friolentos; podría decirse, resacados. Cada vez que llueve de manera torrencial miro hacia afuera, y añoro de buena manera esas tardes de libertad. Lamento que ahora espío la lluvia y, aún más, que los niños nos acompañan dentro de la casa. Tras una semana de tormentas repetidas, de inundaciones, de tormentas y amenazas de tormenta, me propuse cambiar eso. Me vestí en ropa de baño y esperé. Empezaron las alertas, que repetidas una tras la otra en nuestro radio meteorológico parecían avisos apocalípticos, y las nubes se asomaron en tonalidades de grises y azules oscuros, como la tarde. Empezó a llover en condados cercanos, pero no…
16 comentariosCategoría: lluvia
Hoy mis hijos jugaron a la entrada del garaje, mientras la lluvia se estrellaba en sus sonrisas. Pisaban charcos con sus chancletas de goma para que salpicara el agua. Correteaban, mientras yo los vigilaba desde el espacio seco del garaje. ¿Cuántas veces no fui yo quien corrió por las calles enlodadas de mi niñez mientras la tierra hervía de gotas? ¿Cuántas me deleite bajo algún caño que devolvía la lluvia a raudales? Los miraba con el secreto deseo de unírmeles y saltar de alegría, pero no me permití el momento. ¿Qué dirán los vecinos? ¿Qué de mis pertenencias en los bolsillos? ¿Y la ropa, cómo quedaría? Corría el peligro de ser loco. Supongo que los niños me veían con igual extrañeza que yo a los adultos de aquellas tardes de aguacero. Se encerraban en sus casas como si la lluvia fuera dañina. Se cubrían bajo paraguas, porque les importaba más la ropa que la felicidad. Miraban a los niños desde lejos y tal vez se ponían nostálgicos, como yo. Era una de las actividades más divertidas de mi niñez, igual que lo fue hoy para mis niños de tres y seis años. “¡El agua está viva!” gritó el mayor. Le dije que sí, que efectivamente el agua es vida. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.
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