Queridos familiares y amigos: Me pidieron que dijera hoy unas palabras en honor a la vida y memoria de mi abuela y debo decirles que esto no será nada fácil. Lo voy a intentar, aunque no estoy seguro de poder contener la emoción al recordarla, y me perdonan si por momentos no puedo hablar. María Josefa (Fefa) González (1924-2016) Voy a empezar con la parte más sencilla, decirles que mi abuela, María Josefa González, mejor conocida como “Fefa”, “Doña Fefa” o, para mucho de nosotros, “Mamá Fefa” nació el 28 de marzo de 1924 en un paraje conocido como Damajagua Adentro, y allí se crió. Para quienes no lo conocen, este es un campo en la región de San José de las Matas, en la provincia de Santiago en República Dominicana. Fue allí donde ella también conoció a Rafael Antonio Núñez, mejor conocido como Fello —o Papá Fello para nosotros— y allí empezaron una familia. (Él, como ustedes sabrán, falleció unos 21 años antes que ella en 1995, después de toda una vida juntos). Mi abuela tuvo siete hijos. Uno de ellos, que ella recordaba por su apodo Toñito, murió cuando era adolescente, pero ella siempre lo tuvo presente. Los demás ustedes los conocen y están aquí hoy: Enedina, Matilde, Otilio, Catalina, Emilio y Eugenio. Hoy somos una multitud de hijas e hijos, yernos y nueras que ella recibió con gusto en la familia y, según mi cuenta, unos 16 nietos y 13 bisnietos – más tres en camino, que…
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Los meses de lluvia que asaltan esta zona del trópico me transportan: a esas tardes de mayo en las que esperaba a que terminara la lección para salir corriendo a casa, despechugarme en cuanto llegaba y esperar al aguacero. Salir, pies desnudos, pecho abierto, y sentir el estruendo de las nubes que se vaciaban. De esa agua distinta a la que venía por las tuberías. Agua con olor a bosque. Los niños corríamos, dueños de las calles, mientras los adultos se escondían tras puertas y persianas cerradas — cada vez más viejos, cada vez más serios, cada vez más miedosos. Ibamos, incluso aquellos de nosotros que no se bañaban con frecuencia, tras los mejores caños. Teníamos guerras de lodo y volvíamos a ser de barro, antes de que la lluvia nos volviera a limpiar y dejar exhaustos. Cuando terminaba la tormenta éramos otros: empapados, friolentos; podría decirse, resacados. Cada vez que llueve de manera torrencial miro hacia afuera, y añoro de buena manera esas tardes de libertad. Lamento que ahora espío la lluvia y, aún más, que los niños nos acompañan dentro de la casa. Tras una semana de tormentas repetidas, de inundaciones, de tormentas y amenazas de tormenta, me propuse cambiar eso. Me vestí en ropa de baño y esperé. Empezaron las alertas, que repetidas una tras la otra en nuestro radio meteorológico parecían avisos apocalípticos, y las nubes se asomaron en tonalidades de grises y azules oscuros, como la tarde. Empezó a llover en condados cercanos, pero no…
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