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Categoría: microrrelato

Escena de terror

El hombre se levanta en esas horas de la mañana en que se oyen los insectos silbar en la oscuridad del patio. Un golpe de vergüenza anuda su garganta porque se ha dado cuenta, su subconsciente se lo ha dicho. Se le ha escapado un error.

Inmediatamente salta de la cama, abre su procesador de palabras y borra la ese que no pertenece, pero piensa en las seis personas que han visto la letra desnuda y curvada y en las quince más que notarán su indecencia, y siente su mundo colapsar, porque qué es él sino un hacedor de la nada. ¿Y cómo se sentiría un escultor si despertara de un sueño inquieto para recordar que el busto que terminó tiene una ceja de más? ¡Qué rostro de espanto! ¿Cómo es que después de tantas horas, días, meses y años le puede suceder eso? ¿Cómo es que su mente lo traiciona?

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Diapositivas

Un hombre de bigote grande, su espalda y pecho desnudos, tuerce el cuerpo para mirar desde abajo del capó y sonreír. Está reparando uno de esos carros de cuerpos musculosos que parecen lanchas con luces.

Luego aparece con el mismo bigote, vestido de traje gris y bajo una lluvia de arroz mientras desciende por la escalinata de una iglesia. La novia parece un espejismo tras el velo que flota en la brisa. Muchos dientes; se ven muchos dientes.

No sabemos si años o meses después, el hombre sostiene una bebé como quien muestra un trofeo. Hay en él algo de conflicto, una preocupación quizás, una duda en el ceño fruncido. La escena se repite, aunque el rostro se relaja, se resigna más bien, dos, tres, cuatro veces en otras habitaciones de hospital, y todas son niñas. Luego está sobre un bote, entre una enredadera de líneas de pesca, con dos de esas niñas, de pelo claro como su madre. Y sentado en una banqueta con todas ellas, que comen helado; él viste de playera y sostiene una cerveza en la mano.

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Francisco Laguna Correa quiere “poner el dedo en una llaga” con su escritura

Ante todo, quiero ser breve, tanto en honor a esa expresión literaria del microrrelato como para ceder la palabra a un autor que la practica. Su nombre es Francisco Laguna Correa, maestro de universidad, editor de una literatura en ciernes, ganador en 2012 del Segundo Certamen Literario de la Academia Norteamericana de la Lengua por su libro de microrrelatos Finales felices. He leído la obra ganadora en tres o cuatro sentadas a más decir, no porque sea breve (aunque esa es una de las virtudes de esa construcción literaria), sino porque las narraciones de este tipo engañan al lector. Uno termina de leer una y consume la otra, como adicto de un significado que se elude y que otras veces se sobreentiende. Hay algo más en el vicio de la minificción. Tiene ese sabor de los sucesos que se cuentan entre murmullos y susurros, tal vez la manera más natural de conversación en estos tiempos nuestros, donde se conversa en un pasillo, en  un elevador, en tránsito. Tal vez por ello me llamó la atención el microrrelato que Laguna Correa llama “Confesión” y que me apropio aquí para no tergiversar: Esa mañana fui un difunto más. Oraba sin método, oraba para burlarme del método, y daba cuenta de mis pobres imitaciones: intentaba duplicar mi risa, mi cuerpo y dejar que mi sombra cargara con el peso de mi sarcófago. Me agotaba en mi cansancio, en la ecuación ensimismada y laboriosa del poema rancio que escribía con la mirada. La vida…

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