Hace unos meses terminé un trabajo que venía haciendo entre etapas de actividad en muchos frentes, revisar y preparar para publicación los primeros cuentos que escribí y saqué a la luz hace más de una década. Los publiqué entonces bajo el título de Morirsoñando: Cuentos agridulces, 1998-2005, indicando que reunía los relatos que sobrevivieron a esos años. Pero esta vez se me ocurrió que, además de revisarlos, debía expandir el período de esa publicación para cubrir mi primera década de ficciones. Así lo hice. He aquí, entonces, el libro revisado y expandido: Morirsoñando: Cuentos agridulces, 1998-2008. Incluye los cuentos que mis primeros amigos de lectura conocieron de mi parte, más otros cuantos cuentos que formaron parte del mismo período. El libro está publicado y circulando, en versiones digital y de papel, hace unos meses, reemplazando los enlaces para la edición anterior que se había agotado, pero justo cuando terminé la tarea de darlo a luz mis ocupaciones laborales me obligaron a olvidarme de él y no hice nada para anunciarlo, excepto poner en mis páginas los enlaces actualizados. Este es un simple anuncio. No me voy a ocupar de decir mucho de mis propios intentos de escritura, considerando que la subjetividad nublaría mi razón, pero puedo compartirles que me alegra soltar estos cuentos otra vez al aire y que mi experiencia inicial con ellos ha sido muy satisfactoria. He recibido noticia de lectores de la primera edición en distintos lugares del planeta que gracias a las redes (tanto de relaciones…
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Víctor Manuel Ramos y yo nos conocimos por accidente. Creo que fue así: alguien me escribió desde Francia –¿o fue desde Canadá?– refiriéndose a un manuscrito en el que estaba trabajando y que pronto sometería para mi revisión. ¿Qué? –pregunté. Y vino la respuesta: Lo siento. Quería comunicarme con otro Víctor Manuel Ramos, escritor hondureño y, en ese entonces, director de una editorial en Tegucigalpa. Nada raro que un nombre como el mío exista en América Latina. De hecho, en el barrio donde crecí había un tocayo que no solamente tenía mi primer y segundo nombres, sino también mis dos apellidos — y el tipo no me caía muy bien, por copista. Lo que sí me pareció extraño –además de la casi idéntica dirección electrónica de este nuevo homónimo– es que él también estuviese picado por el virus de la escritura. Me puse a investigarlo. Encontré un par de artículos en la prensa hondureña y vi los títulos de algunos libros por ahí. Supe que su profunda aficción es por los libros infantiles. Al fin, le escribí. Hará años de eso. Desde entonces el doctor Víctor Manuel Ramos y yo, que no soy doctor de nada, llevamos una correspondencia esporádica y amistosa. Tenemos un pacto: yo le paso sus correos desviados y él me pasa los míos. Hemos decidido compartir el nombre. En todo esto no le había leído, hasta que hace poco intercambiamos libros. Creo que él salió perdiendo en esa transacción. Yo le envié mi «Morirsoñando» y él…
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