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Categoría: naturaleza

Variaciones de luz

Uno quiere escribir algo que diga, tal vez, de qué color es la mañana cuando irrumpe la luz y los adjetivos usuales –azul, púrpura o gris, por ejemplo– no son suficientes. Hay cielos que simulan la piel ceniza de un arándano, y sería impreciso –incluso injusto– llamarles azules, púrpura o grises. Al levantar la cabeza uno ve el tejido jugoso de un arándano.Uno quisiera que fuera fácil triturar el teclado y esparcir frutos, hojas de arce en otoño, atravesar la crema porosa de la nieve, palpar pedacitos de cuarzo y caracoles resquebrajados con las palmas de los pies. Pero la expresión es exigente. Pide la atención de un niño curioso. Pide heroísmo. Pide el tipo de orden que no viene con las horas y las medidas, sino que se parece más bien a una lluvia de fractales, orden en el caos, belleza en la irregularidad. Es sublevarse y decir algo que tal vez no se entienda. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.

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¡El agua está viva!

Hoy mis hijos jugaron a la entrada del garaje, mientras la lluvia se estrellaba en sus sonrisas. Pisaban charcos con sus chancletas de goma para que salpicara el agua. Correteaban, mientras yo los vigilaba desde el espacio seco del garaje. ¿Cuántas veces no fui yo quien corrió por las calles enlodadas de mi niñez mientras la tierra hervía de gotas? ¿Cuántas me deleite bajo algún caño que devolvía la lluvia a raudales? Los miraba con el secreto deseo de unírmeles y saltar de alegría, pero no me permití el momento. ¿Qué dirán los vecinos? ¿Qué de mis pertenencias en los bolsillos? ¿Y la ropa, cómo quedaría? Corría el peligro de ser loco. Supongo que los niños me veían con igual extrañeza que yo a los adultos de aquellas tardes de aguacero. Se encerraban en sus casas como si la lluvia fuera dañina. Se cubrían bajo paraguas, porque les importaba más la ropa que la felicidad. Miraban a los niños desde lejos y tal vez se ponían nostálgicos, como yo. Era una de las actividades más divertidas de mi niñez, igual que lo fue hoy para mis niños de tres y seis años. “¡El agua está viva!” gritó el mayor. Le dije que sí, que efectivamente el agua es vida. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.

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Las aves de rapiña y la felicidad.

Salí con mi esposa y niños a aprovechar el sol de la primavera floridana. Anduvimos por un refugio de aves de rapiña, donde se recoge a los buhos, águilas, pavos y otros animales similares que sufrieron algún trauma físico o enfermedad. Se les atiende. A algunos se les opera. Los cuidan, y a aquellos que se recuperan los colocan con aves que le sirven de parientes adoptivos antes de reintegrarlos a la naturaleza salvaje. Sobre los edificios de esta ciudad en que vivimos todavía vuelan águilas, cóndores, buitres y otras aves similares — que descienden de sorpresa y pescan en los muchos lagos del área. Hoy vimos esas aves muy de cerca, con sus plumajes brillosos, y conversamos con los cuidadores de aquel refugio. Los niños y yo disfrutamos del cosquilleo en las manos de un puñado de gusanos que constituyen el alimento de algunas de estas aves. Me impresionaron mucho un condor tuerto; un águila de cuello blanco que está loca por daños irreversibles al sistema nervioso; y un buho que cree que es humano — porque lo primero que vio al nacer fue a un ser humano y se le quedó esa impronta. (Creo que estaba enamorado de mi esposa). De alguna manera sentí que aquellos cuidadores — guardianes que sanan y protegen a estos animales emplumados, sin importarles que esos mismos animales estén dispuestos a darles algún picotazo a las mismas manos que los alimentan — desempeñan la misión instintiva que nos corresponde a todos los seres…

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