El 26 de abril de 1986 no es una fecha muy conocida en la historia, pero debería serlo. Ese día la planta nuclear eléctrica de Chernóbil se fue a pique, explotando e incendiándose para liberar desde sus entrañas los desechos radiactivos que carcomerían parte del territorio de la Unión Soviética de entonces, y en particular las repúblicas satélites de Belarús (o Bielorrusia) y Ucrania. Decir esto es hablar en los términos lineales de la información; cosas que no significan mucho para quienes no palparon el desastre y sus consecuencias. No es lo mismo leer datos de lo que empezó como una avería técnica y terminó borrando más de cuatrocientos aldeas bielorrusas que enterarse en detalle de la muerte de un bombero que se desintegraba poco a poco frente a su joven mujer, hasta que: “Todo él era una llaga sanguinolenta”. Tampoco es igual a adentrarse en la memoria de un cazador empleado por las autoridades de entonces para ir a matar a tiros a los perros y a los gatos, o a los caballos, todas esas mascotas amistosas que se volverían radiactivas después que sus amos las dejaron al ser evacuados de la zona. “En los últimos instantes ves que tiene una mirada que entiende, unos ojos casi humanos”, dice uno de los cazadores. Los mismos humanos de Chernóbil que lograron huir se convirtieron en unos apestados, sus vísceras concentraciones de radiación y sus conciencias traumatizadas por el efecto de un nuevo tipo de guerra – del ser humano puesto…
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Acostado en el piso, tal vez descamisado para pasar la hora ardua del calor interminable, me llegaron las impresiones de un campo verde, de árboles, de flores y mariposas más allá de las calles desoladas del barrio, donde solamente cabían casas, calles, callejones, cunetas, y algunos espacios bajo los aleros para que los viejos señores jugaran dominó en el fulgor de la tarde caribeña. Yo encontraba unas palabras simples, las mismas quizás de los libros monótonos que leía en la escuela y que me obligaban, a fuerza de repetición, a aprender la secuencia lógica del idioma. Pero estas palabras simples tenían otra gracia, que estaba en el contenido que comprimían para presentar una “Doña Primavera” vestida en primor, que llevaba por sandalias “unas anchas hojas, y por caravanas unas fucsias rojas.” Así descubrí, de niño, la poesía de Gabriela Mistral, sin las pretensiones de grandes ideas. Esto fue años antes de ver con ella las tinieblas, en poemas como “Desolación”, que leí en otros horizontes, ya casi un adulto que podía captar la contraparte de la naturaleza como otra faceta de lo maravilloso, y sintiéndome extrañado como ella: La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde me ha arrojado la mar en su ola de salmuera. La tierra a la que vine no tiene primavera: tiene su noche larga que cual madre me esconde. Era natural que me saltara el corazón cuando una tarde de invierno en la que asistía yo a una celebración poética donde niños tan tiernos como…
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