Recibí por dos vías un nuevo libro de poesía que se titula «El cuerpo y la letra. La poética de Luis Alberto Ambroggio», un autor que desconocía. Es un tomo enjundioso –editado por la Academia Norteamericana de la Lengua Española– que reúne tanto los versos de Ambroggio como ensayos críticos de su obra. Encuentro en estas páginas una poesía seria y pulida que habla de esa lucha anónima que se da entre los habitantes de dos culturas, como reclama el autor en «Don de lenguas». Me habitan dos lenguajes enemistados;me siento esclavo en mi propia carne.Desheredo las palabras dulces,obedezco y me rebelo ante órdenesque me desprecian con sílabas mortalesy huelo a gritos discordantescomo pan quemado. Los versos de Ambroggio, como él mismo dice en uno de sus ensayos, están hechos de “palabras que muerden, que tocan, que cantan, que defecan” para un hombre que busca en ellas su realización. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.
4 comentariosCategoría: poesía
Escribir literatura es filosofar sin perder en la expresión el sentido de la belleza. ¿Quién podría decir que las grandes obras literarias no son un reflejo, si no una expresión y divulgación, de principios filosóficos? Las historias son, desde el principio, la manera en que el ser humano se ha explicado el universo y a sí mismo. Recordemos que “En el principio era el verbo…” Hay una tendencia posmoderna a creer que se puede escribir sin decir nada, con el solo objetivo de entretener. Pero, aun cuando es sin intención, hay mucho de filosofía en lo literario. El mismo intento de negar cualquier significado ulterior es un ejercicio retórico para una visión de la vida. Y lo más delicioso del ejercicio literario es la confluencia del arte con el pensamiento profundo, un casamiento extraordinario entre la imaginación, el razonamiento y la aprehensión emocional de las cosas. Algunos ejemplos. Franz Kafka nos dejaba una declaración existencial al narrar: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Fiódor Dostoievski nos hablaba del castigo inherente en el crimen mismo en su “Crimen y Castigo,” como sugería en las situaciones de su novela y las palabras de su hostigado personaje: “-¿Compadecerme? ¿Por qué me han de compadecer? -bramó de pronto Marmeladof, levantándose, abriendo los brazos con un gesto de exaltación, como si sólo esperase este momento -. ¿Por qué me han de compadecer?, me preguntas. Tienes razón: no merezco que…
6 comentariosVíctor Manuel Ramos y yo nos conocimos por accidente. Creo que fue así: alguien me escribió desde Francia –¿o fue desde Canadá?– refiriéndose a un manuscrito en el que estaba trabajando y que pronto sometería para mi revisión. ¿Qué? –pregunté. Y vino la respuesta: Lo siento. Quería comunicarme con otro Víctor Manuel Ramos, escritor hondureño y, en ese entonces, director de una editorial en Tegucigalpa. Nada raro que un nombre como el mío exista en América Latina. De hecho, en el barrio donde crecí había un tocayo que no solamente tenía mi primer y segundo nombres, sino también mis dos apellidos — y el tipo no me caía muy bien, por copista. Lo que sí me pareció extraño –además de la casi idéntica dirección electrónica de este nuevo homónimo– es que él también estuviese picado por el virus de la escritura. Me puse a investigarlo. Encontré un par de artículos en la prensa hondureña y vi los títulos de algunos libros por ahí. Supe que su profunda aficción es por los libros infantiles. Al fin, le escribí. Hará años de eso. Desde entonces el doctor Víctor Manuel Ramos y yo, que no soy doctor de nada, llevamos una correspondencia esporádica y amistosa. Tenemos un pacto: yo le paso sus correos desviados y él me pasa los míos. Hemos decidido compartir el nombre. En todo esto no le había leído, hasta que hace poco intercambiamos libros. Creo que él salió perdiendo en esa transacción. Yo le envié mi «Morirsoñando» y él…
13 comentariosCaminamos por esa arena de Daytona Beach que parece ceniza de volcán y llegamos hasta uno de sus pocos rincones desolados. Hemos viajado una hora para llegar hasta aquí y sentarnos sobre los restos corroídos de unos escalones. El Océano Atlántico es tan azul como siempre, tan aparentemente infinito, tan maravilloso como la primera vez que lo vi, desde otra orilla.
Saco esta bolsa de plástico que traigo y extraigo de ella un espécimen raro: es un ejemplar de una edición limitada de «La realidad y el deseo», el poemario del escritor Luis Cernuda. Mi esposa lo rescató hace varios años del basurero de una biblioteca y me lo regaló. Es solamente uno de veinticinco libros impresos en una primera edición de lujo de 1940.
5 comentariosAcababa yo de llegar a Nueva York cuando cayó en mis manos un librito. Era una colección de poesías escritas por dominicanos en esa ciudad, titulada: «Poemas del exilio y de otras inquietudes». Leí esta antología, editada por Daisy Cocco de Filippis y Emma Jane Robinett, para apaciguar el tedio de esas primeras semanas de desplazamiento; nada más. Desde entonces no suelto el libro. Se ha mudado conmigo a varios edificios de Nueva York y luego hacia el sur del país. Ello se debe mayormente a una sola poesía. Como sucede con los amores, me gustaron varias de las que se incluyeron en la antología, pero me cautivó una sóla. Se llama «Los emigrantes del siglo», una elegía de Héctor Rivera a todos los dominicanos que, “documentados de soledades”, atravesaron el océano rumbo a Nueva York. Es poco lo que puedo decir de Rivera. Sé que nació en Yamasá, República Dominicana, en 1957, y que murió, relativamente joven, en Nueva York el 24 de julio de 2005, postrado ante un cáncer. Sé que estudió en las universidades públicas de la ciudad y que era padre de familia. En la antología, que se publicó a finales de los ochenta, se le describió como parte de “un grupo de poetas jóvenes… que lucha no sólo por la supervivencia económica sino también por educarse”. Sé que su poema a los emigrantes me pareció, y me sigue pareciendo, uno de los mejores retratos poéticos del destierro dominicano. Y me consta que no soy el…
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