Hay ideas que no se pueden formular hasta que les llega el día en que maduran y caen de la mata. Puede ser una tarde cualquiera en una sala cualquiera de una ciudad cualquiera cuando se desploma una noción que estaba siempre ahí, pero parecía cruda para el consumo. En este caso hablo de la influencia de los sueños, aunque no simplemente de los personales, sino de aquellos que arrebatan a las masas y se convierten a la vez en motor, vehículo y puente para transportarnos a la realidad en que sobrevivimos. Hablo de las calles, de las tiendas, de las corporaciones, de las instituciones, de las viviendas, de los servicios, de todo aquello que constituye la vida en sociedad. El mundo en que vivimos es hijo de nuestros sueños, esos gigantes que se alimentan de nuestra fe. Mientras los vivimos, esos sueños son mágicos. Se revisten lo mismo de trabajo, hombro a hombro, por una sociedad mejor que del coraje individualista del hombre o mujer de frontera. Tras cada uno de ellos aguarda, como el barril de oro al final del arco iris, una fuente de esperanza inagotable que hace posible la vida que conocemos. ¿Pero qué pasa el día en que la ilusión queda expuesta? ¿Qué pasa cuando esos gigantes exigen todo lo que somos? ¿Qué cuando nos despojamos de las utopías? Probablemente formulamos nuevos sueños, antes de tocar el vacío. Imagen original, “Nocturna novembrina, Zaruma”, cortesía de Jaime Serrano. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a…
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