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Categoría: tiempo

Internet para todos

Para aquellos de nosotros que vimos el nacimiento de la superautopista de información (¿se acuerdan de esa tonta frase?) podría parecer que la promesa del medio se ha diluido en nuevas y más perniciosas formas de entretenimiento que buscan nuestra atención para vender anuncios, productos y suscripciones y que a la vez recopilan datos sobre predilección y hábitos para ofrecernos al mejor postor. Como dicen, somos el producto. Esa no era la promesa del internet según se ofrecía en sus inicios. Se hablaba entonces de una especie de aldea global donde predominaba el intercambio de ideas, la colaboración en proyectos de interés mutuo y el surgimiento de comunidades y líderes que en base al diálogo y el activismo digital ayudarían a crear un mundo mejor. Qué utópico era todo eso: yo me acuerdo cuando entré por primera vez a una red de internet previa a la era de los navegadores gráficos donde el acceso se pagaba por hora (así que no íbamos allí a perder el tiempo) y en el que el acceso a listservs (listas de correo) y newsgroups (foros de “noticias”) llevaba a conversaciones y debates sobre temas de actualidad o asuntos de conocimiento especializado. Parecía entonces que el internet iba a ser un medio para intercambios académicos y de investigación. En esos mismos días del pre-internet de hoy asistí a una conferencia en Harlem donde académicos y expertos en las nuevas redes discutían las posibilidades que se cernían en ese mundo de pantallas y teclados, módems (esta…

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Visitando a Walt Whitman en el silencio de los siglos

Estatua de Walt Whitman – Foto: V.M. Ramos Me celebro y me canto a mí mismo.Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,porque lo que yo tengo lo tienes túy cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. Así se presentó Walt Whitman al mundo cuando a la edad de treintiséis años empezó a escribir el poema épico “Leaves of Grass” (“Hojas de hierba”), casi a mitad del Siglo Diecinueve. Digo que se presentó al mundo porque sus palabras, trabajadas cuidadosamente a través de las décadas que vivió, eran para toda la humanidad e incluso para la humanidad futura, sabiendo él entonces que sus versos rompían con el pensamiento de su tiempo. Otros expertos podrán decir más de él, pero Whitman abandonó la rima convencional de los versos de sus días. Whitman mezcló los géneros, porque su poesía es a la vez narración, canto, crítica y exaltación; es cuento y novela; tiene trama, carece de medidas pero no de ritmo. Whitman resquebrajó también el puritanismo de su época y no distinguió entre el deseo hacia un hombre o hacia una mujer. Dijo lo que tenía que decir, aunque en principios su libro no lo publicara nadie más que él y aunque muy pocos fuera de los intelectuales de su época se interesaran en esa poesía rara e iconoclasta. Cómo evitar detenerme un día y volver al pasado desde el que Whitman existió si casi todos los días paso apresurado por la carretera que da con la…

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Asuntos pendientes.

Hay asuntos que quedan incompletos en la vida, y que crean agujeros a través de los que podemos ver. Yo, por ejemplo, nunca seré beisbolista de grandes ligas. Tampoco me haré diestro en la guitarra clásica. Mucho menos podré escribir una sinfonía. Podría dar ejemplos menos dramáticos, pero no lo haré. El caso es que el abanico de posibilidades que traemos al mundo –de por sí condicionado por la herencia– se va cerrando: y con él perdemos algunos sueños. Esto es parte de crecer. Mas lo que se pierde en ilusión se puede ganar en determinación. Hay una, dos o quizás hasta tres cosas que podemos hacer, antes de que sea demasiado tarde. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.

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No tener tiempo.

Estaba yo en una entrevista de trabajo ante el editor de uno de los diarios metropolitanos de mayor circulación de Estados Unidos. Llegar hasta su oficina era de por sí un triunfo que obtuve gracias a algunos años como periodista itinerante. Había conocido gente que conocía a gente y ya me desempeñaba como periodista de crimen en la ciudad de Nueva York. Me cuestionaba qué hacer con esta necesidad que sentía de escribir. Llegué a las oficinas del periódico, enfundado en el único traje que tenía, demasiado brilloso para el gusto de una redacción. Lo había comprado en el mercado negro del barrio chino por cincuenta dólares y no me daba cuenta hasta ese momento de que, aunque era negro y de corte conservador, sus rayas de canquiña lo hacían más acorde para un mago que para un hombre serio. Una secretaria que era mayor de edad, pero de pelo suelto y rebelde me pidió que me sentara fuera de la pared de vidrio que encerraba la oficina de aquel editor, cuyo nombre me reservo. Alrededor mío había cajas que exhalaban ese adictivo olor a libro nuevo. La secretaria notó mi curiosidad y me dijo que era la última novela de aquel editor. Estaban allí para que él las dedicara. Aquel hombre de barba rojiza y barriga cervecera se acercó y me saludó enérgicamente, invitándome a su oficina. Tropecé con otras cajas de libros camino a la única silla que podía ocupar. Le felicité por la publicación y él me…

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Verne y la velocidad.

Si Julio Verne escribiera hoy, daría su vuelta al mundo en cuestión de horas. Leer su «Vuelta al mundo en ochenta días» –en su tiempo una novela de acción– es comprobar desde nuestro siglo veintiuno cuán rápida es la vida de hoy. Nos hemos acelerado al punto de que estas letras viajan de hemisferio a hemisferio en cuestión de segundos. Como decía de paso uno de los personajes de la novela: “La Tierra ha empequeñecido”. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.

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