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Los cincuenta

Me encuentro ante esta puerta con la botella de vino en mano y una corbata doblada en una bolsa de regalos en colores discretos, preguntándome cuál es el sentido de todo cuanto existe. Nunca he visto a este hombre en otra prenda que no fuera una camiseta casual y los jeans descoloridos en que se va a trabajar, pero no puedo regalarle eso.

Quiero devolverme e ir a hacer cualquier cosa, ya sea apretar tornillos flojos en todas las bisagras. Se abre la puerta y la mujer del festejado, envuelta en un brilloso vestido aguamarina y con maquillaje alrededor de los ojos del mismo color, abre los brazos, suelta unos besos al aire, e invita a pasar con exagerada efusividad. Atravieso una sala de lujo que nadie usa y nos vamos hasta atrás, hasta la sala de estar combinada con cocina, donde suena salsa de los ochenta. Hay un gran letrero de pared a pared: ¡Feliz 50!

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Aurora boreal

Llevo los minutos calculados: tantos para caminar de mi escritorio a los ascensores, y para bajar y para salir al estruendo de las calles de Manhattan y sentir esos aires del otoño nueva vez, y luego, a esquivar cuerpos, porque si no, se me va el tren.

Parece que todo va bien, pero los duendecillos hechos de unos y ceros empiezan a hacer de las suyas y no puedo publicar el trabajo de horas. Parece que de repente no existe nada, que todo se va a perder, y vienen los técnicos de informática y pronto me doy cuenta de que ellos también tiran dardos a ver si dan al blanco. No se puede, no se puede, no se puede…

Mejor hago que lo que debí hacer desde un principio: empezar de cero. Lo bueno es que viene otro tren, y otro tren, pero después de ese vendrán menos trenes y habrá que esperar más. Se me va el segundo tren y logro terminar con apenas suficiente tiempo para el tercero, y el último de la hora pico.

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Odiseo

No hay que leer los veinticuatro cantos del poema clásico griego para saber qué es una odisea. Ni siquiera hay que conocer que existe esa obra de Homero para entender el término, aceptado en los diccionarios de los idiomas de Occidente, como un viaje literal o figurado que evoca exploración, aventura y conquista.

Yo conocía la Odisea por las versiones resumidas que se citaban en estudios secundarios y universitarios y uno que otro fragmento que había leído aquí o allá como la historia de un viaje heroico en que su protagonista se sobreponía a obstáculos fantásticos para regresar al hogar.

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Fantasía de una tarde invernal

Es el primer verdadero día de invierno de toda la temporada, aunque hace ya semanas que sobrevivimos el trayecto de las horas más oscuras del año, y llegamos de este lado a unas tardes plateadas y a nuevas marcas en el calendario. No sé por qué en estos días en que el agua se congela el aire se respira más limpio, pero es lo que sucede. Sale uno y quiere despegar hacia adentro de no ser por esa energía que infunde los pulmones, como si fuera un oxígeno más puro.

Y entonces me acuerdo de los días más fríos de mi vida: de la nieve enlodada mientras cambiaba un neumático pinchado en la Northern Boulevard; de una caminata nocturna y solitaria por la helera de Albany; de una mañana remota en que tanteaba sobre un piso congelado en el campus de la universidad a que me había ido a matricular en el Bronx, y de cómo mis zapatos chinos no servían para esa superficie. Mis rodillas temblaban, pero seguí; di el siguiente paso.

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Buscando finales felices

Puede un hombre que haya sufrido las aventuras de un caballero triste entregarse aún a las más quijotescas aventuras con conocimiento de causa de la mofa que recibirá y del final patético que le espera. Puede una mujer que haya muerto dos veces, una arrojándose a las vías con Anna Karenina y la otra con el trago amargo de Emma Bovary, entregarse con toda pasión a la intimidad más arriesgada. Siguen saliendo hombres tras la caza de la ballena de Moby Dick o el marlin que el viejo Santiago ató a su bote, a saber de que sería carne para tiburones.

Y siguen muchos enamorados sin voluntad gritando a la maga, perdidos en sus laberintos de memorias y palabras sin trama. Otros luchando toda una vida para comprar aquella propiedad cerca de la bahía y ver la luz verde al otro lado del agua, muy cerca pero siempre inalcanzable en otros sentidos: porque la luz no se puede capturar; por eso.

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