La poetisa Emma Lazarus imaginó un refugio para el mundo: un lugar en el que no importara el origen del ser humano. Ese lugar no sería el imperio que se basaría en las conquistas militaristas de antaño, sino en una compasión que trascendería los intereses de la comodidad y el poder. Eso lo plasmó ella en un poema, dedicado a la Estatua de la Libertad, aunque parece que es la estatua la que se dedica a esos versos. La estatua existe. El símbolo está allí, en el puerto de Nueva York. Yo mismo he visto sus dedos de cemento verde. Caminé por sus adentros hasta los predios de la antorcha. Recuerdo algo de la emoción con que José Martí, aquel otro gran poeta del mundo, relataba los hechos del veintiocho de octubre de mil ochocientos ochentiséis, cuando se inauguró la estatua. Leí ese ensayo periodístico una noche que, por causalidad y no casualidad, el avión en que regresaba a casa sobrevolaba la señora estatua. En él, Martí decía que aquellos que tienen la dicha de la libertad no la conocen y que todos tienen que dejar de hablar tanto de ella para conquistarla, porque es un bien que se pierde. Allí, más cerca de los dedos grandes de la estatua, leí otra tarde aquellos versos de Emma Lazarus, que aquí comparto, porque no tienen bandera ni tiempo. El nuevo coloso.Emma Lazarus. No como el broncíneo gigante de helénica fama,con sus conquistadores miembros de tierraa tierra encajados;aquí en nuestro crepúsculo del…
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Casi me da vergüenza admitirlo, pero hay una historia de niños — y podría decirse de niñas– que me cautiva. Tanto que he visto más de cuatro veces su magistral recreación en película por el director mexicano Alfonso Cuarón. Es «A Little Princess» («Una pequeña princesa») de Frances Hodgson Burnett, una lumbrera de las letras inglesas a quien se conoce más por su obra «The Secret Garden» («El Jardín Secreto»). En ella se narra la historia de Sarah Crewe, una huérfana de madre e hija de soldado inglés que, después de vivir en la India, queda internada en un colegio de Nueva York, mientras su padre va a la guerra. La niña, cuya imaginación se nutre de los mitos hindúes en torno al dios Rama, queda bajo el cuidado de la directora de la escuela — una mujer realista y amarga. Toda la tensión del drama, cuyos detalles no revelaré para quien se interese en verlo o leerlo, se fundamenta en la lucha entre el pragmatismo de la directora de la escuela y la imaginación optimista de la niña; entre la rigidez de las normas sociales y el simple gozo de vivir; entre la división de clases y el reconocimiento de una hermandad común. Es una historia que tiene, más que estereotipos, sus arquetipos. Es, hasta cierto punto, la historia de cada uno de nosotros ante las crueldades de la vida. La cuestión crucial de esa confrontación parece ser esta: Al final de cuentas, tenemos una versión de la vida…
Dejar un comentario“La pianiste” es una película horrible. Deja un sabor amargo en la conciencia y un deseo de no desear nada; eso, aunque se presenta como la historia de pasiones secretas. Resulta que las pasiones y las crueldades son hermanas, y se expone en este filme una gran contradicción: la rígida disciplina que exigen las bellas artes para ser bellas. Un pianista, una pianista, deben someterse a la tortura de numerosas prácticas; a la reproducción estricta de la composición; a la precisión de tono, tempo y temperamento, para que la música sea. Lo mismo sucede, con otras formas, en las demás artes. En “La pianiste”, un filme francés que salió en 2001, se expone ese sometimiento del artista a su arte, hasta el punto de que el artista pierde algo de la experiencia humana en la búsqueda de la perfección de expresión. En este caso, la represión que resulta se extiende a la vida de relaciones de la maestra de piano que es el personaje principal, una mujer de apariencia clásica con ansias sexuales insatisfechas que se convierten en aberraciones y la llevan a la enajenación. Esta preocupación del artista por la belleza, qué es. ¿A qué tanto empeño? ¿Es simple exhibicionismo? ¿Deseo de aprobación? ¿Un vacío lleno de formas? ¿No es el arte, después de todo, artificio y, por tal, artificial? La película lo muestra así. En la repugnancia que genera, con uno de los desenlaces más antirománticos y antiheroicos que se puedan concebir, está su logro. Para aquellos de…
7 comentariosA veces me pareceque vivo en Brooklyny que el tren jota pasará muy cerca de la ventana. O que me apresuropor la calle empedrada de mi viejo barrio santiaguero, camino al colegio, porque se me hace tarde para la clase de dibujo. O que el estacionamiento subterráneoguarda un espacio para mi vehículo, que llega chorreando los caños de la última lluvia. Todavía veo aquellos pasajeros que iban y venían todas las mañanas por el parque de los chachases, o los niños que comían huevos salcochados en la frontera con Haití. Viajo por la carretera oscura entre Albany y Nueva York. Los lugares que nos afectan viven en nosotros, aunque nosotros no estemos en ellos. Y no tengo másque estacionarmeunos minutos frente al último edificio en que vivimos, a preguntarme si todavía hay una plaga de cucarachasen el segundo piso, o si el amistoso vecino deja revistas viejas frente a mi puerta –si no es que murió. Nosotros, los migrantes, andamos esparcidos por el mundo. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.
5 comentariosGabriel García Márquez repetía una vez el enunciado de que escribir un cuento es vaciar en concreto y escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir ficción es, desde ese punto de vista, trabajo de construcción. Es una metáfora interesante, especialmente para aquellos de nosotros que nos hemos visto embarrados de cemento entre las ruinas de alguna novela en construcción. La novela no es nada fácil. Aún cuando existe el talento para hilar oraciones y parir imágenes (ya de por sí un reto), nadie escribe un tratado de cientos de páginas en un rapto de inspiración– como sucede con una poesía, o a veces con un cuento. El novelista es arquitecto, ingeniero, albañil y jardinero de su proyecto. Tiene que dominar lo conceptual y lo práctico para que cuando se entregue en alas de la inspiración se dé una narrativa coherente, de principio a fin. Esto lo digo después de numerosos intentos fallidos: Escribir una novela que se diga novela es algo serio. En esa misma complejidad late el potencial del género, y su atracción. Gracias por visitar Libro Abierto. Para subscribirse a futuras publicaciones, escríbanos a libroabierto@vmramos.com.
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