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Los laberintos de Alberto Pancorbo, y el salto más allá del simple realismo

Alberto Pancorbo describe su estilo de pintura como “un realismo romántico y fantástico”, aunque yo diría que la imagen de una mujer que a la vez es puerta cerrada y hendidura de madera no es ni real ni romántica ni fantástica. Es, más bien, simbólica. Cierto, los cuerpos que Pancorbo pinta parecen hechos de carnes, tendones, tejidos y huesos, pero ese fisicalismo no es más que un punto de partida para representar lo irrepresentable — aquello que no se mira, pero ciertamente se ve. Y como cualquier simbolismo, el lenguaje pictórico de Pancorbo es arbitrario. Contiene su propia gramática de formas y colores. Hay varios patrones en sus cuadros: la desnudez que hace a sus sujetos vulnerables; los laberintos que expresan la enajenación; los horizontes trastocados que aluden a un mundo inventado; las aves que delatan alguna suerte de espíritu; y las puertas que a veces aparecen cerradas, pero que como puertas al fin son susceptibles de abrirse. Este ambiente enrarecido no es realidad, sino visión de un mundo en que el ser humano todavía no encuentra su lugar. Él mismo lo dice en una breve semblanza que aparece en su sitio: “Un visitante al laberinto de la imaginación de Alberto Pancorbo es confrontado a cada vuelta con símbolos tanto antiguos como modernos. Aluden a la existencia humana, a la lucha, y frecuentemente, a la insensitividad humana hacia el mundo”. Esa visión, o su contraste, es probablemente lo que me atrajo a sus pinturas y me llevó hasta el punto…

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