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Categoría: Viajes

En Coyoacán, una vida más dulce

Apenas rayaba el nuevo día y un sol acaramelado se asomaba por las grietas de las paredes que dividían las propiedades. La barrendera municipal estaba haciendo una escoba de ramas secas para limpiar el cemento del parque. Se oía el ronquido de los escapes de vehículos que llegaban con sus cargas al mercado municipal de Coyoacán.

Un hombre cuyo sombrero le tapaba la cara acababa de sentarse en la orilla de la banqueta, donde abrió la bolsa que traía un contenedor de plástico para exhibir unos rojizos chapulines fritos que vendía en vasos desechables. Después, me dije.

Entré y me asaltó el olor a frutas maduras de los puestos que estallaban en colores vivos: mangos ataulfos, mandarinas clementinas, nectarinas de pulpa blanca, sandías tan rojas como flores, mamones, papayas, cerezas y duraznos. Antes de que yo emergiera de la inundación de mis sentidos, una señora diminuta me agarró del antebrazo y no me dejó dar un paso más sin venir a mirar su mostrador; iba prendida de mí y no se iba a soltar. Pensé que era muy temprano para comer frutas y se lo dije, pero ella no hizo caso y empezó a cortar pedazos de esta y aquella, y a dármelas.

¿Has probado el durazno, príncipe? – me preguntó, y yo mirándola, noté sus ojos oscuros pero brillosos, las huellas de su rostro, su herencia ancestral, e iba a decir que sí, que eran lo que llamábamos “melocotones,” pero ella ya me había puesto un pedazo en la mano y me incitaba a probar. Sentí la fruta desmoronarse en mi boca.

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Releyendo a Kafka

Uno de los primeros libros de ficción que me interesó para leer por gusto fue una obra de Franz Kafka, La (muy conocida) metamorfosis, y recuerdo esas primeras oraciones partir como un rayo mi campo de atención. No las voy a repetir — ya lo he hecho otras veces — pero al recordar esa escritura pienso que parte de su atractivo es capturar riqueza de significado en pocas palabras.

Hablo de ese placer estético que uno siente al leer oraciones bien puestas.

He leído y releído a este autor más de una vez. Me sucede con uno que otro (García Márquez, Rulfo, Shakespeare, Whitman, Dickinson, Neruda, y por lo menos varios más), que encuentro el libro por ahí, me pongo a mirar unas líneas y termino tirado en el sofá patas arriba, redescubriendo esa primera lectura.

Hace poco me pasó con Kafka.

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