Yo sólo quería comer. Que hubiera un mariachi cantando “Viva México” a toda voz era una sorpresa inesperada para un restaurante nuevo, tirado como este a la vera de una carretera de segunda. Empezaba a llover después de unas horas de playa. La tarde era buena y se estaba poniendo mejor. Pedí una quesadilla, rellena de carne asada. Pedí un jugo de tamarindo, aguándoseme el paladar. Pero ahora lo que más quería era dedicarle una canción a mi mujer. Lo que deseaba era ver a mis niños azorados ante el espectáculo de un mariachi alrededor de la mesa. Buscaba en mi mente una canción que fuera apropiada y solamente me llegaban algunas baladas de esas cortavenas de otros tiempos — dramáticas, pero ajenas a la placidez de mi vida. Recordé la primera ranchera que escuché en vivo, hará más de veinticinco años. Un vecino de mi barrio la cantaba, despechugado, con su pelo largo, algo desafinado, pero diestro en la guitarra: Grabé en la penca de un maguey tu nombre,unido al mío, entrelazados;como una prueba ante la ley del monte,que allí estuvimos, enamorados. Hermosa canción de Vicente Fernández, muy mágico-realista, pero inadecuada para el caso. Mientras yo pensaba, los mariachis cantaban en la mesa de al lado una de José Alfredo Jimenez que hacía suspirar a las damas que la solicitaron: Si nos dejan,buscamos un rincón cerca del cielo.Si nos dejan,haremos de las nubes terciopelo.Y ahí, juntitos los dos,cerquita de Dios,será lo que soñamos. Mi esposa sugirió “El Rey”, pero…
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