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Libro Abierto Artículos

Lo que una pequeña princesa sabe de la vida.

Casi me da vergüenza admitirlo, pero hay una historia de niños — y podría decirse de niñas– que me cautiva. Tanto que he visto más de cuatro veces su magistral recreación en película por el director mexicano Alfonso Cuarón. Es «A Little Princess» («Una pequeña princesa») de Frances Hodgson Burnett, una lumbrera de las letras inglesas a quien se conoce más por su obra «The Secret Garden» («El Jardín Secreto»). En ella se narra la historia de Sarah Crewe, una huérfana de madre e hija de soldado inglés que, después de vivir en la India, queda internada en un colegio de Nueva York, mientras su padre va a la guerra. La niña, cuya imaginación se nutre de los mitos hindúes en torno al dios Rama, queda bajo el cuidado de la directora de la escuela — una mujer realista y amarga. Toda la tensión del drama, cuyos detalles no revelaré para quien se interese en verlo o leerlo, se fundamenta en la lucha entre el pragmatismo de la directora de la escuela y la imaginación optimista de la niña; entre la rigidez de las normas sociales y el simple gozo de vivir; entre la división de clases y el reconocimiento de una hermandad común. Es una historia que tiene, más que estereotipos, sus arquetipos. Es, hasta cierto punto, la historia de cada uno de nosotros ante las crueldades de la vida. La cuestión crucial de esa confrontación parece ser esta: Al final de cuentas, tenemos una versión de la vida…

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Un vacío lleno de formas.

“La pianiste” es una película horrible. Deja un sabor amargo en la conciencia y un deseo de no desear nada; eso, aunque se presenta como la historia de pasiones secretas. Resulta que las pasiones y las crueldades son hermanas, y se expone en este filme una gran contradicción: la rígida disciplina que exigen las bellas artes para ser bellas. Un pianista, una pianista, deben someterse a la tortura de numerosas prácticas; a la reproducción estricta de la composición; a la precisión de tono, tempo y temperamento, para que la música sea. Lo mismo sucede, con otras formas, en las demás artes. En “La pianiste”, un filme francés que salió en 2001, se expone ese sometimiento del artista a su arte, hasta el punto de que el artista pierde algo de la experiencia humana en la búsqueda de la perfección de expresión. En este caso, la represión que resulta se extiende a la vida de relaciones de la maestra de piano que es el personaje principal, una mujer de apariencia clásica con ansias sexuales insatisfechas que se convierten en aberraciones y la llevan a la enajenación. Esta preocupación del artista por la belleza, qué es. ¿A qué tanto empeño? ¿Es simple exhibicionismo? ¿Deseo de aprobación? ¿Un vacío lleno de formas? ¿No es el arte, después de todo, artificio y, por tal, artificial? La película lo muestra así. En la repugnancia que genera, con uno de los desenlaces más antirománticos y antiheroicos que se puedan concebir, está su logro. Para aquellos de…

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El diseño divino en pantalla de plasma

Se deslizó una compuerta por encima del altar, como sucedería en un episodio de ciencia-ficción, a lo Star Trek. Detrás, dos hombres, vestidos en blancas sotanas, estaban inmersos hasta el pecho en una alberca de cristal. Uno de ellos, un diácono, ayudó al otro a sumergirse de espaldas. Lo vimos hundirse y emerger sonriente, con el agua a chorros. Acababa de cumplirse el rito más importante de la religión bautista: el bautizo por inmersión, tal como ellos dicen que sucedió en los tiempos de Jesús. No cuesta mucho concordar con ellos cuando profesan que ese rito es un acto simbólico — y que, por tanto, no tiene sentido que un niño pase por el sacramento. Hay que tener uso de razón y una “edad de responsabilidad”, dicen ellos, para aceptar la salvación. Antes de que se fragüe ese juicio, a uno le pertenece el reino: interesante paralelismo a la enseñanza de Jesús y a la pérdida de inocencia del Edén. El baptismo acepta las Escrituras como única autoridad. El pastor es alguien que las presenta. Los diáconos y miembros del consejo se escogen por sufragio democrático. Sus iglesias son cuerpos autónomos y apolíticos. Y está la mejor parte: el principio de la libertad del alma. En el mundo bautista se considera, en rasgos generales, que cada cual nace con el derecho de escoger su culto, o de no escoger ninguno. Esta autonomía operativa, razonabilidad de principios y aferración a la letra explican por qué los bautistas se encuentran mayormente en…

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Viernes Santo, un año atrás

Hace un año escribía yo — aquel yo — una carta a alguien, en Viernes Santo, y esto fue lo que salió, que no es lo que saldría si lo escribiera hoy: Es viernes santo y, aunque no creo en nada, recuerdo aquel espacio de mi niñez en que el ambiente trastocado de la fe me hacía creer que este día realmente era especial. Era el único día del año en que las emisoras de radio silenciaban la cacofonía de merengues para poner música de muertos, como le decíamos entonces a los clásicos. Ese día no se trabajaba, ni siquiera para barrer el polvo fino que se asentaba en la madera oscura de las mecedoras. Ese día comíamos habichuelas con dulce y galletitas de leche. Ese día nos portábamos bien y guardábamos luto.  Se decía que si en ese día se arrancaba de raíz una planta que se llama “Cardo de Cristo” saldría sangre de sus raíces y tallo espinoso. La sangre de Cristo. Ese día la misma tierra estaba viva y tenía uno que cuidarse de no pisar muy duro para que no le doliera al ser sagrado que la habitaba. Aquello parece otra vida que tuve hace siglos, aunque no hace tanto. Y es tal vez en esa vida donde se encuentran también mis raíces narrativas. Una parte de mi todavía ve el mundo como un gran ser vivo que está lleno de misterios. La otra parte, tallada por más de una década de experiencia periodística, es completamente…

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El cristianismo no es lo que parece

Los noticieros del mundo amplificaron hoy el anuncio de la traducción del Evangelio de Judas, un documento antiguo que estuvo en manos de coleccionistas. La causa de alarma es que este escrito apócrifo —que no debería significar “falso” sino “secreto”— presenta una versión distinta del drama cristiano: una en la que Judas no es traidor, sino tal vez el discípulo más comprometido — porque desempeña un papel crucial y acordado para que se cumpla lo que se tiene que cumplir en la inmolación del Mesías. Esto no es nada nuevo. Hace décadas que existe una nutrida colección de evangelios apócrifos que se descubrieron en Nag Hammadi y presentaron al movimiento cristiano primitivo a través de los evangelios secretos de Tomás, Juan, e incluso María Magdalena. Se sabía que el de Judas existía. Ese era el gnosticismo de la era formativa del cristianismo, un misticismo de diversas visiones que en última instancia enfatizaba el derecho del ser humano a experimentar la verdad divina en sí mismo. En el campo del ensayo existe un libro mayormente desconocido, del escritor dominicano Juan Bosch, que me pareció brillante en su tiempo. Se titula «Judas Iscariote, el calumniado», donde Bosch presenta una trama alternativa del discípulo que las iglesias aprendieron a odiar. Allí decía Bosch que “el amor une, pero no fanatiza; lo que fanatiza es el odio”. Asunto para reflexionar. ¿Y qué tal la interpretación literaria (y visionaria) que ofrecía el novelista Nikos Kazantzakis en su obra «La última tentación de Cristo», que se…

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