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Libro Abierto Artículos

Anna Karenina, o el triunfo de la desilusión

Contaba mi abuela que quien leyera la Biblia entera se volvería loco, y creo que se puede decir lo mismo de una novela de Leo Tolstói (o Leo Tolstoy, en su forma inglesa).

Este año empecé de nuevo desde las primeras páginas de Anna Karenina, que por lo menos en mi edición es un novelón de más de 800 páginas, y llegué al final a través del encerramiento de la primavera y los meses de pandemia por venir, según las variadas opciones de entretenimiento fuera de casa fueron clausuradas. Este fue un año que se prestó a estas largas ficciones del siglo diecinueve.

El conde Lev Nikoláyevich Tolstói  —ese era su nombre y en honor al estilo ruso habría que decirlo completo en segundas y terceras referencias, aunque sea para confundir— también se perdió y quizás enloqueció un poco escribiendo esta y otras novelas realistas.

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La invención de Morel: el tedio y la duda del encierro

Buscaba en los días de cuarentena del coronavirus un lugar donde estacionar mi mente en el fastidio de noches en que la casa iba de ser lugar de trabajo a lugar de descanso, a lugar de recreo, a lugar de trabajo, cuando tomé un libro al azar de la pila sin leer. De pronto estuve en una isla con un hombre que se escondía “en los bajos del sur, entre plantas acuáticas, indignado por los mosquitos, con el mar o sucios arroyos hasta la cintura”.

Este hilo narrativo prometía el tipo de escape que buscaba después de ver las mismas paredes, día y noche, noche y día. 

Estaba leyendo La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, un autor de quien sabía vagamente por su conexión con Jorge Luis Borges y cuyo libro tenía en lista sin ninguna urgencia. Había llegado el momento apropiado para esta historia que no me prometía mucho más que entretenimiento, un hombre “condenado injustamente” se ocultaba en una isla que ni siquiera él mismo conocía muy bien: “Creo que esta isla se llama Villings y que pertenece al archipiélago de Las Ellice”, decía en una parte.

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Internet para todos

Para aquellos de nosotros que vimos el nacimiento de la superautopista de información (¿se acuerdan de esa tonta frase?) podría parecer que la promesa del medio se ha diluido en nuevas y más perniciosas formas de entretenimiento que buscan nuestra atención para vender anuncios, productos y suscripciones y que a la vez recopilan datos sobre predilección y hábitos para ofrecernos al mejor postor. Como dicen, somos el producto. Esa no era la promesa del internet según se ofrecía en sus inicios. Se hablaba entonces de una especie de aldea global donde predominaba el intercambio de ideas, la colaboración en proyectos de interés mutuo y el surgimiento de comunidades y líderes que en base al diálogo y el activismo digital ayudarían a crear un mundo mejor. Qué utópico era todo eso: yo me acuerdo cuando entré por primera vez a una red de internet previa a la era de los navegadores gráficos donde el acceso se pagaba por hora (así que no íbamos allí a perder el tiempo) y en el que el acceso a listservs (listas de correo) y newsgroups (foros de “noticias”) llevaba a conversaciones y debates sobre temas de actualidad o asuntos de conocimiento especializado. Parecía entonces que el internet iba a ser un medio para intercambios académicos y de investigación. En esos mismos días del pre-internet de hoy asistí a una conferencia en Harlem donde académicos y expertos en las nuevas redes discutían las posibilidades que se cernían en ese mundo de pantallas y teclados, módems (esta…

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Consideraciones de fin de año

Hemos dado otra vuelta alrededor del sol desde la última vez que iniciamos el conteo. El año es una marca arbitraria en el camino, pero podría decirse que es nuestra marca y que es útil por lo menos para medir progreso, aunque también sea cuestión de nuestra invención. Hay tanto que damos por sentado que es asunto de la imaginación. Yo me encuentro aquí mirando al año que ha pasado y a la persona que fui a principio de este ciclo con el tipo de sonrisa que uno reserva para un niño: ah, qué inocente eras cuando a pesar de tu propio juicio te proponías esto o aquello para el año que vendría. Esto supongo que nos aplica a todos, tanto por lo que no esperábamos que sucediera y sucedió como por lo que queríamos que se diera y no se dio. El inevitable corolario es que cada vez hemos cambiado y en lo que a mí cuenta nunca es de una manera simple que se pueda caracterizar como progreso o retroceso. Es difícil, entonces, darle sentido a un año y, luego de estas consideraciones, resulta ilógico proponerse un curso definido. Pero lo hacemos. Es nuestra naturaleza. Termino este ciclo con sensación de vértigo, porque mucho (tal vez más de lo acostumbrado) resultó de circunstancias inesperadas y todavía inenarrables. Este año, alguien cercano a mí se quitó la vida mientras que otra persona a quien le debo la vida ha estado luchando por la suya. Ante estos grandes contrastes quedan…

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Respuestas sueltas a una entrevista anónima

Me llegaron hace poco unas preguntas por uno de estos medios en que nos podemos encontrar, pero esta persona no me dejó manera de responder: preguntas enviadas, cuenta desactivada, comunicación rota, voces ocultas tras una pared digital. Me dio qué pensar sobre tantas veces que en la vida dejamos conversaciones inconclusas. Decidí responder por este medio, aunque la respuesta no llegue a ninguna parte ni cumpla algún objetivo. Quizás no será esta una entrevista que se reproduzca; tal vez sea el simple producto de una asignación escolar que nunca se entregó. Es posible que nunca lleguen estas palabras a quien las incitó. Tal vez no importan tanto las preguntas (que transcribo tal como son) ni las respuestas más allá del intento de comunicación. Si tuvieras la oportunidad de ser el protagonista de una de tus historias, cual seria?   Ninguno de ellos, porque los personajes de mis historias se encuentran casi siempre en situaciones ambiguas, donde puede haber algo de felicidad pero siempre mezclada con las complejidades del ser o no ser y la lucha entre la aversión y el deseo. Hasta un punto soy todos mis personajes. Los escribo para dejar de ser ellos. Tambien me gustaria saber cual es el escritor que mas admira? No es evasiva, pero no tengo un escritor o una escritora que pueda poner sobre un estante y admirar. Hay libros que admiro, y esos los he nombrado antes por ahí, pero la lista se expande y contrae como los latidos: “Cien años de soledad”…

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